Recomendación cinéfila de Miguel Bravo Vadillo: Las tres noches de Eva

Preston Sturges ya era un cotizado guionista de Hollywood antes de dirigir películas para la Paramout. Su tercera película como director (para la cual también escribió el guion) es una sofisticada comedia repleta de situaciones disparatadas y diálogos tan chispeantes como el champán que los personajes beben a raudales. Además, guarda ciertas analogías con La fiera de mi niña, de Howard Haws: la mujer es la diligente seductora, el hombre el tímido científico seducido, y en ambas hay un animal de por medio: allí un leopardo, aquí una serpiente.

La aventurera Jean Carrington (interpretada por Barbara Stanwyck) y su padre (Charles Coburn), ambos timadores profesionales que operan en una línea de viajes transatlánticos, están dispuestos a desplumar a Charles Hopsie Pike (Henry Fonda), un apocado profesor especializado en serpientes, soltero y único heredero de su millonario padre (Eugene Palette), un conocido empresario de la cerveza. Para ello, la mujer utilizará todo tipo de ardides, incluidos los de la más descarada doblez (y nunca mejor dicho), con tal de engatusar al inexperto galán, del que, por supuesto, acabará enamorándose. Sin embargo, cuando ella es descubierta y rechazada, la mujer trama su venganza haciéndose pasar por otra y seduciendo de nuevo al tímido profesor, al que esta vez sí consigue llevar al altar.

Sturges se apoya en la historia de Adán y Eva (con serpiente incluida) y en el tema literario del doble para narrar esta historia de amor como una divertida y cínica revisión de la guerra de sexos. Para colmo, establece un elocuente paralelismo entre las artes de tahúr de la mujer protagonista y sus artes (malas artes, deberíamos decir) de seducción; pues es bien sabido que el propio Sturges consideraba el amor como la mayor estafa de todas. La mujer, cual serpiente tentadora, es quien lleva la voz cantante en el juego amoroso y entiende que, al igual que en la guerra (más aún si es de sexos), todo vale en el amor. Por cierto, resulta curioso que el profesor, siendo un experto en serpientes, lo desconozca todo sobre mujeres; no menos simbólico resulta, en realidad, el hecho de que a ella le causen auténtico pavor. En cualquier caso, y a pesar del cinismo que parece aflorar en cada diálogo, Sturges no puede evitar que un marcado sentimentalismo recorra toda la cinta cual espina dorsal. Guerra de sexos con final feliz, por tanto, pues de entre los dos contendientes es amor quien gana; eso sí, un amor que el engatusado profesor cree adultero. Y es que el pobre Charles acaba tan mareado que, en la escena final, hace el amor con su propia esposa creyendo que se trata de la tramposa Jean; con lo cual es como si, moralmente, hubiese consumado dicho adulterio.

Como apunte cinéfilo, cabe señalar una escena en la que Barbara Stanwyck vigila a Fonda a través de un espejo que, para mi sorpresa, no devuelve la imagen invertida de la escena, sino la original.

Miguel Bravo Vadillo

Película recomendada: Las tres noches de Eva (The Lady Eve, Preston Sturges, 1941).

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