Un clásico entre los clásicos. ‘El tesoro de Sierra Madre’, de John Huston | Miguel Bravo Vadillo

«Todo el oro que existe bajo la Luna,

y todo el que ha existido,

no puede dar un momento de reposo

a una sola de esas almas fatigadas».

DANTE

«La piedra de toque de los mismos

 hombres es el oro: a los que se les pega

a las manos no son hombres verdaderos,

sino falsos».

BALTASAR GRACIÁN.

Un inspirado Dante colocó a los avaros y a los pródigos –in medio stat virtus– en el mismo círculo infernal, el cuarto. Allí, enfrentados, chocan los unos con los otros por toda la eternidad. La avaricia y la prodigalidad son dos caras de la misma moneda: la codicia. El hombre codicioso bien puede ser pródigo, si derrocha de manera inútil e irracional aquellos bienes que con tanto afán persigue, o avaro, si los atesora mezquinamente. Aunque, si ponemos los puntos sobre las íes, podemos argüir que el codicioso, para satisfacer su propia codicia, puede cometer toda suerte de crímenes que habrían de arrastrarlo a círculos infernales más ínfimos, incluso hasta el noveno y último, donde, según il Sommo Poeta (que dicen los italianos), se hallan las congeladas almas de los traidores.

Un no menos inspirado John Huston será el responsable de llevar a la pantalla el personaje de Fred C. Dobbs (magistralmente interpretado por Humphrey Bogart), cuyo espíritu codicioso oscila penosamente entre la prodigalidad y la avaricia en esa obra maestra intemporal titulada El tesoro de Sierra Madre (The Treasure of the Sierra Madre, John Huston, 1948), cuyo guion, haciendo gala de su habitual maestría para las adaptaciones literarias, fue adaptado por el propio Huston de la novela homónima de B. Traven. Como todos sabemos, la película narra las vicisitudes de tres americanos (sospechamos que proscritos) que malviven en la ciudad mexicana de Tampico y que, tras reunir el dinero suficiente (cada uno por distintos medios) para comprar equipo y provisiones, se aventuran a buscar oro en las montañas de Sierra Madre.

En los primeros minutos de la película podemos ver cómo Dobbs pide limosna a un hombre vestido de blanco (interpretado por el propio Huston) hasta en tres ocasiones diferentes. The Man in the White Suit le entrega un total de cuatro monedas, pues en la última ocasión le da dos como señal de que esa será la última vez: «A partir de ahora, deberá abrirse camino en la vida usted solo», le dice. Dobbs gasta las dos primeras monedas en comer y en asearse (además, con lo que le sobró de la primera compró tabaco, alcohol y lotería); las dos últimas las gasta en una prostituta. Es decir, gasta los cuatro pesos en el mismo día aun a sabiendas de que no tiene para comer al día siguiente, lo que demuestra su prodigalidad. Esta misma prodigalidad aflora en él cuando, ya en la montaña, los tres compañeros sueñan despiertos con lo que harán con su parte del oro. Howard (al que da vida un perfecto Walter Huston, padre de John Huston) sueña con abrir una tienda y leer novelas de aventuras; Curtin (también excepcional el trabajo de Tim Holt) sueña con plantar melocotoneros, ya que en su infancia fue feliz trabajando en unos frutales; pero lo primero que Dobbs piensa hacer con el dinero es lo mismo que hizo con las monedas que consiguió mendigando, solo que esta vez alardeando mucho más de su vanidad (el viejo Howard comprende al instante que no le durarán mucho sus riquezas si es en eso en lo que pretende invertirlas). De hecho, aquello que desea hacer con su parte del oro ya denota en Dobbs otros males considerados capitales, como la gula, la soberbia y la lujuria. Y a lo largo de la película, en algún que otro momento, también incurrirá en la pereza, la ira y –cómo no– la envidia.

La codicia y la envidia caminan por este mundo cogidas de la mano, ofuscando a los hombres con sus malos consejos, como ya nos hizo ver Homero en un pasaje de La Odisea, aquel en el que se relata lo relativo a Eolo, cuando algunos compañeros de Ulises no pueden resistir la tentación de abrir el odre que a este regaló el Señor de los Vientos, pues imaginaban que guardaría ricos tesoros a los que se creían con tanto o más derecho que el propio héroe; sin embargo, con su imprudencia, dejan escapar los furiosos vientos que alejarán la nave de las costas de Ítaca, cuando ya se encontraban tan cerca que podían divisar a los que encendían hogueras cerca del mar.

Pero varias circunstancias me hacen sospechar que el carácter de Dobbs puede virar desde la prodigalidad hacia la avaricia. No solo es el personaje de aspecto más harapiento, sino que, a medida que avanza el filme, vemos cómo se vuelve mezquino y desconfiado. Antes era generoso hasta el despilfarro, más tarde, sin embargo, incluso niega un poco de agua a un tal James Cody (Bruce Bennett), otro buscador de fortuna que pretende aliarse con ellos cuando descubre que han encontrado oro en las montañas. No le resultaba difícil desprenderse de su dinero cuando era poca la cantidad que poseía, a pesar de que en su necesitada situación, lo poco siempre es mucho; pero sí le cuesta desprenderse de un poco de dinero cuando se da cuenta de que posee mucho y quiere más. Para el avaro lo mucho siempre es poco, y nunca verá satisfecho su afán desenfrenado de riquezas. También es Dobbs el que vota por que cada uno cuide de su parte del oro y por que el grupo se quede más tiempo en la montaña hasta conseguir la mayor cantidad posible del vil metal. Es también el único del grupo que no está dispuesto a dar una parte del tesoro a la viuda de Cody, cuando este resulta muerto por el ataque de unos bandidos mexicanos.

Pero Dobbs no es del todo inconsciente del cambio que está sufriendo, y llega incluso a sentir vergüenza de sí mismo en algunos momentos en que parece darse cuenta de sus desatinos; sobre todo, en presencia de Howard, a quien parece estimar como a una especie de autoridad moral. La interpretación de Bogart es, a este respecto, crucial; pues dota a su personaje de un carácter irregular (que no quiere decir que lo sea su interpretación), mostrando ciertas excentricidades, paradojas, desvaríos, arrepentimientos, desproporción (asimetría incluso), que son, al fin y al cabo, detalles necesarios y enriquecedores para perfilar la índole de un personaje que cree conocerse a sí mismo, cuando en realidad no es así, y en el que la codicia delata, en circunstancias extremas, el trasfondo de su verdadero corazón a pesar de que a veces parece sentir cierta inclinación hacia el bien. Y es que, como reza el Eclesiástico 14, 7, «Si hace algún bien (el avaricioso), lo hace por descuido, y termina por revelar su malicia»; tal y como sucede a ese complejo y discontinuo personaje que interpreta de manera magistral, ya digo, Humphrey Bogart, y que algunos críticos tacharon en su momento (erróneamente a mi entender) de interpretación desigual, afectada e incluso histriónica.

Los otros dos grandes protagonistas de la película están igualmente perfectos: Tim Holt en su papel de joven que se aventura en una empresa que, a la postre, resultará ser para él un viaje iniciático del que saldrá más rico que cuando lo emprendió (pero rico en sabiduría, a la manera de Salomón); y Walter Huston en el papel de un viejo escéptico que parece estar de vuelta de todo y que, en cierto modo, termina recibiendo en vida el premio del paraíso gracias a su bondad y desprendimiento, pues no siente la tentación de quedarse con el oro de los demás y llega incluso a abandonar su propia parte cuando decide acompañar a unos indios mexicanos para salvar la vida de un niño que estuvo a punto de morir ahogado. Por supuesto el éxito en la interpretación de estos personajes está auspiciado por una sabia dirección de actores y por un guion escrito con inteligencia y precisión.

El filme está, asimismo, repleto de escenas memorables; y, si imposible es citarlas todas, sí me gustaría subrayar algunas. Por ejemplo, la de la pelea en el bar, cuando Dobbs y Curtin exigen su dinero al contratista estafador Pat McCormick (interpretado por Barton MacLane), y están tan débiles y famélicos que casi pierden esa pelea a pesar de ser dos contra uno. Otra gran escena es aquella de la lectura de la carta de la esposa de Cody, cuyo contenido provoca un profundo efecto en el espíritu de Curtin, hasta el punto de que le llevará más tarde a tomar la decisión de regresar a su país para buscar a la autora de esas letras (ahora viuda) y tratar de rehacer junto a ella su vida, trabajando como siempre deseó en los campos de frutales. También es reseñable la escena en que Dobbs, ya completamente perturbado, se dispone a matar a su amigo y parece convertirse, en mitad de aquella «selva oscura» en una especie de hombre lobo (su aspecto harapiento y su rostro desencajado nos recuerdan a Lon Chaney Jr. en El hombre lobo, de George Waggner); lo cual no es nada casual, pues, como bien sabemos, el propio autor de la Divina Comedia representa a la avaricia con la figura de una loba.

A la postre, Dobbs perderá la vida a manos de unos bandidos mexicanos de una manera en verdad aberrante. Estos tipos, para más inri, ni siquiera son capaces de reconocer el oro cuando lo ven; de hecho, no parecen dar el más mínimo valor a ese objeto por el que Dobbs traicionó y mató (o creyó matar, pues Curtin sobrevive a las heridas que su antiguo compañero le ocasiona). A Dobbs, en cambio, lo matan de manera despreocupada y sin más afán que el de sustraerle las botas y los burros. Curtin no solo sobrevive, sino que aprende a vivir: he ahí el tesoro conseguido. Por su parte, Howard ganará el título de doctor entre los indígenas: un hombre distinguido por su sabiduría y prudencia. Ambos ven, sin embargo, cómo el viento (ay, aquel Eolo furioso) dispersa el oro que tanto trabajo les costó arrancar a la tierra; pero se lo toman con tan buen humor que acabarán por proferir una enorme risotada. Se trata de una risa sanadora y liberadora. Es la risa por la que siempre apuestan los héroes de la épica, riéndose no solo de los giros insospechados de la voluble fortuna, sino incluso de sí mismos. Un viejo proverbio judío reza lo siguiente: «El hombre piensa, Dios ríe». Estos hombres prefieren reír, como dioses ahítos de sabiduría, mostrando la bondad que anida en sus corazones. Dobss nunca hubiera reído en tal circunstancia.

Un final, pues, divino y cómico a la vez.

*****

Un clásico entre clásicos (El tesoro de Sierra Madre, de John Huston).Versión corregida del artículo publicado en la revista de cine Versión Original en septiembre de 2011 (n.º 196, monográfico: La avaricia, luego renombrado La ambición por los responsables de la revista).

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