La intrahistoria de un relato cotidiano

Me apetece contaros hoy la intrahistoria de un relato corto cotidiano, “Paredes verdes”, que escribí hace algunos… siglos.

Año 2001, año de grandes cambios, en lo personal y también en lo social. Yo estaba dando mis primeros pasos como escritor, había publicado mi primer libro (Sopa de pescado, en la Editora Regional de Extremadura, entonces bajo la dirección de Fernando Pérez), el mundo occidental se desmoronaba el 11 de septiembre y yo firmaba las escrituras de mi piso justo el día después de los atentados de Nueva York. Iba a emanciparme por segunda vez, ahora sin pareja, en un clímax de alarma terrorista y de voluble paz interior. (A estas alturas dudo mucho que la emancipación real exista, y, menos aún, la paz interior).

En este ambiente crispado, cargado de dudas y aun así de grandes deseos, todo estaba por escribir. Y eso era lo que hacía yo: escribir. Escribir compulsivamente.

En 2001 veía casi a diario a Julián Rodríguez, tristemente fallecido el pasado 18 de junio. A pesar de su juventud, Julián era ya un sabio, lleno de vida y de proyectos, con un intelecto y una cultura admirables. Había publicado meses antes su novela Lo improbable en la editorial Debate de la mano de Constantino Bértolo, pero no dirigía ninguna galería de arte –aunque lo había hecho previamente– ni era todavía copropietario de la editorial Periférica. Así las cosas, a pesar de sus muchas tareas tuvo tiempo (y la generosidad) de pasar por mi casa para pintar las paredes: de color blanco las de toda la vivienda, excepto las de salón: tres en verde y una en rojo burdeos (tirando a rosa).

Julián Rodríguez, novelas, Debolsillo

La mezcla de ambos colores quedó muy bien, hasta el punto de que, años después, hice una reforma en mi hogar dulce hogar y decidí mantener esos colores. Y así están las paredes hasta la fecha.

Mudarse a un piso, aunque esté en buenas condiciones, conlleva cierta servidumbre doméstica. Y de eso trata “Paredes verdes”: de problemas domésticos; de un tipo que vive sin compañía y quiere ser escritor; de la soledad; del rostro amigo de la incertidumbre.

El relato es, en fin, la historia intimista y cotidiana de unas paredes, la historia de un momento, la historia de una vida que tenía por delante muchos objetivos por cumplir (o quizá ninguno).

Escribí el cuento de un tirón, pero luego lo corregí mucho, trabajando al máximo un lenguaje desnudo a la manera de los autores minimalistas que tanto me gustaban (y me gustan), eliminando cualquier vestigio de retórica y priorizando lo sustantivo frente a lo adjetivo. No hay mucha acción en él, quizá porque la idea no estaba en pergeñar una gran aventura sino escenificar cómo es esta pequeña aventura a la que llamamos “día a día”.

La narración “Paredes verdes” saldría publicada dos años después en mi libro Siete minutos (La Bolsa de Pipas, 2003, con portada de Fermín Solís), sin dedicatoria. Hoy se lo dedico a Julián Rodríguez, a quien siempre recordaré por la ayuda que me prestó en mi etapa de escritor embrionario y por pintar las paredes de mi casa.

Relato corto de Francisco Rodríguez Criado: Paredes verdes

A primera hora de la mañana bajó al bar y pidió una taza de café con leche y un par de magdalenas. Le costó trabajo comerse la segunda. Últimamente tenía poco apetito.

Después del desayuno, regresó a casa. Su amigo le estaba esperando en el portal. Le había prometido pintar las paredes del salón. Su amigo tenía barba y siempre vestía de negro. Excepto aquel día, que llevaba un mono azul de trabajo.

–Todo un profesional –dijo sonriendo.

Su amigo, cargado con los utensilios necesarios para la ocasión (una escalera, un rodillo, un par de botes de pintura y un juego de brochas para los remates), sonrió también.

No tardaron mucho en poner manos a la obra. En verdad fue su amigo quien puso manos a la obra, él tan solo se plantó a su lado, estático como un jefe circunspecto que controla la labor de sus subordinados.

Hablaban sosegadamente. Sus temas: los viajes, el cine, la literatura; los de su amigo: la caza, su suegra, las averías del coche. Dos mundos paralelos, dos mundos unidos desde la distancia.

Su amigo, mientras pasaba el rodillo arriba y abajo, preguntó:

–¿Duermes aquí?

Cada noche dormía en el salón (todavía sin muebles), en el suelo, encima de una colchoneta, arropado con una manta. Prefería hacerlo allí a pesar de que en una de las habitaciones había una cama en buenas condiciones, cortesía de los antiguos propietarios.

Se limitó a asentir con la cabeza.

–Es un buen piso –dijo–. Y las vistas son espléndidas. Oye, ¿no crees que algunas zonas están más oscuras que otras?

–Tranquilo –sonrió el amigo–, hay que esperar a que se seque la pared. Luego le doy otra mano –resopló.

–De acuerdo.

Sonó el timbre. Fue a abrir la puerta. Al poco regresó con una carta. Del banco, dijo. Una carta del banco no es una carta.

Su amigo continuaba pintando. Ahora callado. Tenía ganas de acabar.

–¿Quieres una cerveza? –preguntó.

–No, mejor luego, aún falta mucho por pintar.

Siete minutos, de Francisco Rodríguez Criado

Se fue a una de las habitaciones, a la que consideraba su estudio, la más pequeña de las tres, donde había instalado un viejo ordenador y un teléfono. El ordenador y el teléfono fueron las dos primeras cosas que se llevó a la nueva casa. El número de teléfono era el mismo de siempre, tan solo había tenido que reubicar la línea telefónica. Llevaba una semana viviendo solo y aún no había llamado nadie. Él tampoco había llamado a nadie, exceptuando al servicio de butano.

Todavía no había comprado los muebles. Eran tantas las cosas que faltaban por hacer.

Siguió durante unos minutos en la habitación, sin saber verdaderamente qué hacía allí. Encendió el ordenador, y en un nuevo fichero de texto escribió varias frases:

Estamos pintando el piso.

Los ladridos del perro del vecino no me dejan dormir.

Una vieja manta.

Sin apagar el ordenador, regresó al salón. Se plantó en medio, mirando hacia arriba, con los brazos en jarras. Su amigo daba los últimos retoques en las zonas superiores de la pared.

Fue a la cocina y cogió dos cervezas del frigorífico. Le ofreció una a su amigo, que bebió de un trago, a pesar de que “faltaba mucho por pintar”.

–Hay un perro que no me deja dormir –dijo–. No sé qué voy a hacer con él.

–¿Es grande? –preguntó el amigo.

–No. Es más bien pequeño. Puedo verlo desde una de las habitaciones. Está siempre en el patio, inquieto, ladrando sin cesar el condenado.

–Tendrás que hacer algo.

–Sí. Hablaré con los dueños.

Después la conversación se agilizó. Hablaron sobre todo de grifos, puertas, lavabos, cocinas. Seguramente al cabo de un año, una vez asentado en esta nueva vivienda, dejarían de interesarle estos temas. Le aburrían los trabajos manuales.

El amigo repasó las paredes. Primero con la mirada y después con el rodillo o con una brocha. Las había pintado de color verde agua.

–Volveré dentro de unos días –sentenció–. Y les daré otra mano de pintura.

Parecía un médico en su consulta, atendiendo a un paciente.

Se fueron a comer.

Durante la comida charlaron pausadamente. Bebieron vino entre ración y ración. De postre tomaron café.

Luego acompañó a su amigo al hospital (un familiar de este había sido ingresado un par de días antes). Pero una vez allí prefirió no entrar. Regresó a casa y se sentó en una silla. La única que había, sin contar la del estudio. Cruzó las piernas y miró las paredes. En esa postura estuvo unos minutos. Al rato fue por un bolígrafo y una hoja de papel y volvió a sentarse. Echó sus cuentas. Amueblar el piso le iba a costar un ojo de la cara.

El despertador interrumpió sus operaciones aritméticas. ¿Por qué sonaba? No recordaba haberlo programado. Eran las cinco de la tarde. Decidió no apagarlo.

Otro sonido se sumó al del despertador: el del portero automático. Tampoco atendió la llamada.

Al rato fue a su estudio y se sentó nuevamente para escribir. Sin ganas. Casi nunca tenía ganas de escribir. No sabía por qué escribía. Tampoco sabía por qué había decidido pintar de verde las paredes del salón. El perro del vecino, que no había ladrado en todo el día, se hizo notar en ese instante.

Se asomó a la ventana. Aunque escuchaba sus ladridos, más fuertes que nunca, no conseguía verlo.

Bajó a la calle. Preguntó en el quiosco que estaba junto a su portal, un pequeño quiosco donde vendían palomitas, refrescos y golosinas. La señora que lo atendía le informó. “Se llama Petra”, dijo. “Es una buena mujer”, añadió.

–Sí, lo será. Pero su perro no me deja dormir.

Entonces preguntó cuál era exactamente la casa de Petra. La dueña del quiosco le sacó de dudas. Le explicó dónde estaba la casa, una casa antigua a la vuelta de la esquina, dando a otra calle, pegada a un ala del edificio en el que vivía él.

Dio las gracias a la mujer, se asomó para ver la fachada y regresó a su casa. Vivía en el primer piso. Nueve escaleras.

Durante otra media hora siguió trabajando en su novela. Apenas pudo escribir tres o cuatro párrafos.

El perro seguía ladrando. Le ganaba en constancia.

No podía aguantar más. Bajó de nuevo a la calle.

Abrió la puerta una chica joven, de unos veinte años. No era guapa. Apenas se cuidaba. Tenía el pelo sucio y llevaba puesto un pijama de mujer mayor.

–Hola –dijo él.

Ella le miró sin responder. Los ladridos del perro resonaban en el interior de la casa. Él pensó que para ser un perro tan pequeño tenía una voz muy grave.

–El perro… –dijo–. No para de ladrar.

Ella siguió mirándole. Como respuesta, se limitó a sonreír.

Se escuchó entonces la voz de una mujer.

–¿Quién es?

Será Petra, pensó él. La chica no respondió a la pregunta. Seguía sonriendo. No era una sonrisa atractiva.

–¿Puedo pasar? –preguntó él. Y antes de obtener respuesta se coló en la vivienda y dio unos pasos hasta el comedor. “Comedor” y “salón” son dos palabras distintas.

La mujer, Petra, se acercaba en ese momento. Él estaba absorto, mirando a su alrededor. La estancia era amplia y muy vieja, poco acogedora, con muebles que tendrían cincuenta años al menos. Le pareció una estampa de posguerra. El tiempo no había pasado para sus inquilinos.

Iba a decir algo cuando entró el perro. Ladrando, por supuesto, rodeando y olisqueando al forastero.

La mujer dio una voz:

–¡Tobi!

Así que era Tobi. Siempre los mismos nombres. Tobi al perro. Chispa a la perra. Amor al sexo.

La chica seguía mirándole, absorta, como si nunca hubiese visto un ser humano.

Ahora se dirigió a la mujer y contó (una vez más) que por culpa de Tobi no podía dormir ni trabajar. Lo dijo con esas palabras, mencionando el nombre del perro como si lo conociese de toda la vida. Este seguía ladrando. La chica dejó de mirarle para reñir al perro. Sin éxito.

La mujer empezó a excusarse.

–Son los gatos. Se suben al tejado, y él les ladra. Pero estos gatos no se intimidan fácilmente. Antes tenía otro perro más grande, un perro de las nieves. Era otra cosa. A este no le respetan. Y por eso no deja de ladrar.

El ciclo se repitió. Los ladridos de Tobi. Las recriminaciones de la chica. Las excusas. Su mirada en derredor.

Expuso sus quejas nuevamente, sin añadir nada. Creyó necesario hacerlo. Quejarse. No añadir nada.

Al fin la mujer se comprometió a guardar a Tobi en el interior de la casa cada noche; así evitaría que ladrase.

–Está bien –dijo.

Antes de volver a casa entró en la única cafetería que había en toda la calle y pidió otra taza de café. Sin magdalenas. Se paró a pensar si habría telefoneado alguien mientras estaba resolviendo el problema del perro.

Un rato después estaba frente al ordenador. Se puso a escribir, al margen de la novela. Ni siquiera recordaba estar trabajando en una novela. Eran frases sueltas, más frases que se agregaban a las que había escrito por la mañana mientras su amigo pintaba las paredes.

Tobi y su familia viven en una casa vieja.

No creo que me alcance el dinero para amueblar toda la vivienda.

No ha llamado nadie.

Apartó las manos del teclado. Se recostó en la silla y estiró los brazos. En la calle empezaba a levantarse una fuerte ventisca. El tendedero, visible desde la ventana del estudio, se agitaba produciendo un sonido perturbador. No era el único sonido que podía captar: Tobi seguía ladrando.

Sin darse cuenta, se quedó dormido. Cuando despertó, no supo calcular cuánto tiempo había estado dormido. Un día de estos debería comprarse un reloj.

Se levantó cansado, fue al salón y cerró las ventanas. La puerta de la calle, quizá porque tenía un poco de holgura, emitía un molesto crujido. Entonces recordó lo agradable que le había parecido el piso la primera vez que lo vio, cuando aún no era suyo. Aún le seguía pareciendo agradable; sin embargo, eran muchos los pequeños detalles que le irritaban. La convivencia siempre es difícil.

Era de noche. La luna proyectaba una estrecha banda de luz en el salón. Se tumbó en el suelo, bocarriba, las manos bajo la nuca, y dijo en voz baja: “Luna”. Se sintió bien, como si hubiese llevado a cabo una misión difícil.

El salón tenía dos ventanas, de diferentes tamaños. A través de la más pequeña, miró las estrellas. Le entretenía contarlas. Cuando iba por la número diecisiete, sonó el teléfono.

Alguien se ha equivocado, pensó con cruel ironía. Corrió hacia él y lo descolgó.

Una voz que no pudo disimular cierto nerviosismo dijo: “Soy yo”.

Él calló. Luego se limitó a preguntar qué hora era.

–¿Te molesta que te haya llamado? –preguntó ella.

–Sí –mintió él.

Ella sabía que mentía. Mentir era su juego preferido. El juego preferido de los dos. Habían jugado a mentirse durante años.

–Deberías ver esto –dijo él, y sonrió sin saber por qué–. Mi nuevo piso –dijo orgulloso.

–¿Cómo es? –preguntó ella.

–Mejor que lo veas con tus propios ojos.

Y ella, para que no decayera el juego, dijo:

–Sí. Iré.

–Te gustará el salón.

–¿Qué tiene de especial?

–Las paredes, supongo. Son de color verde.

Ella se rio. Con ganas. Solo él podría tener la ocurrencia de pintar de verde las paredes del salón. Y luego se puso a imaginar el resto del piso. Más que el piso en sí, imaginaba el estilo que él impondría en “su territorio”. Ella siempre lo tuvo por loco. Un concepto que a él ya no le molestaba.

Él quiso preguntarle qué tal le iba. Dónde vivía. Si había mejorado en cuestiones laborales. Cosas. No lo hizo. Se sentía un poco aturdido con aquel teléfono (nuevo y viejo) entre sus manos. Ya tendría tiempo de acostumbrarse a él. Además, le daba miedo que ella, a su vez, le hiciese sus preguntas. A qué se dedicaba ahora. Si salía con alguien. Si la echaba de menos.

–¿Vas a venir? –quería que le mintiese de nuevo. Las mentiras, en ese instante, era una forma de salvar el pasado. De salvarse a sí mismo. Salvar lo insalvable.

Ella dijo “sí”. Y él supo que ella mentía. Aun así, aclaró:

–Esta es la mejor hora: Tobi no molesta.

Ella iba a preguntar quién era Tobi cuando la operadora anunció el inminente fin de la llamada telefónica.

–Se acaban las monedas –dijo ella–. Te llamaré… ¿vale?

Una frase digna, sin adverbios de tiempo.

–Sí. Llama –Un imperativo que no era un imperativo.

Escuchó un clic definitivo y a continuación colgó el teléfono.

Respiró profundamente. Miró por la ventana. El viento parecía remitir poco a poco. El tenderete apenas se agitaba ya. Ahora que la casa estaba en silencio, pensó que era un buen momento para seguir montando andamios en su novela. Montar andamios no es una metáfora, es una necesidad. Pero no lo hizo. Estaba muy cansado; había sido un día intenso. No obstante, fue al estudio y se inclinó sobre el ordenador para escribir la última frase de la jornada, después de No ha llamado nadie. Escribió Luna, y se alegró de no tener que escribir más.

LUNA. Tan solo cuatro letras en el firmamento. Dos menos que HOMBRE.

Regresó al salón, se tumbó en el suelo y contempló las estrellas, que no contó en esta ocasión. Era una noche hermosa. Calculó que con un poco de suerte sus escasos ahorros le permitirían amueblar el resto de la casa.

Nota: La imagen pertenece a mi archivo particular y está tomada durante la presentación en Cáceres de Sopa de pescado (Editora Regional de Extremadura). Me flanquean Julián Rodríguez (izquierda) y Fernando Pérez (derecha).


Rebajas
Cultivos (CONTEMPORANEA)
  • Julian Rodriguez Marcos
  • Editor: DEBOLSILLO
  • Edición no. 0 (09/01/2017)
  • Tapa blanda: 160 páginas

Francisco Rodríguez Criado es escritor y corrector de estilo.

Julián Rodríguez (El Periódico Extremadura)

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