Relato corto de Octavi Franch: La rúbrica del demiurgo

En este cuento, Octavi Franch rescata uno de sus micromundos preferidos: la carrera literaria, los inicios del escritor, la búsqueda de la fama… En el relato corto “La rúbrica del demiurgo” narra el auge repentino de un escritor que, hasta la fecha, había escrito tres novelas sin pena ni gloria. La concesión de un premio importante le abriría muchas puertas, algunas más peligrosas que otras…

Relato corto de Octavi Franch: La rúbrica del demiurgo

A pesar de que no se había convertido en novelista hasta los veintimuchos, esta anécdota sumergida en los repliegues del calendario no había sido, ni mucho menos, un escollo para que Gervasio Gilabert arrasara en el mercado literario ibérico apenas estrenar milenio. Y es que este prolífico narrador de historias impactantes se dio a conocer a la multitud inquieta de lectores en lengua castellana la víspera de Navidad de 2019. Esa misma noche, el jurado escogido para determinar quién se merecía el galardón literario con más solera del país sorprendió a todos los presentes en el Palacio de Deportes de Madrid cuando el presidente del mencionado tribunal, el omnipresente Bernardo Sanahuja, efervescente ministro de Cultura, cortaba la esquina de la plica vencedora y recitaba, ante el hormigueo de periodistas de los distintos medios de comunicación, el nombre y el apellido de la joven pero inminente estrella de la nueva narrativa española: Gervasio Gilabert.

Embolsarse los 500.000 € del premio supuso el desahogo económico del que la arriesgada vida de Gervasio carecía desde que, a principios de siglo, se levantó una madrugada de agosto y decidió que ese mismo día abandonaba su vulgar y monótono trabajo de chupatintas en una multinacional y comenzaba a escribir de forma enteramente profesional. Pensaba dedicar las mismas horas que derrochaba en la oficina cada mañana a inventarse nuevos personajes, nuevos argumentos, nuevos escenarios. El único pero era que su única fuente de ingresos serían los importes correspondientes a los premios literarios y, en menor medida, los derechos de autor que todavía cobraba por las tres novelas publicadas hasta entonces, todas editadas gracias a varios premios de segundo rango a través de editoriales foráneas de la capital. Se sentía muy ufano, sin embargo.

El trío de libros ya publicados y consolidados en las existencias mínimas de las principales librerías del estómago de la urbe habían catapultado a Gervasio a un estado intermedio para todo escritor novel: aquel en el que a todo el mundo le suena tu nombre pero no sabría decirte exactamente por qué. Aunque había probado de inmiscuirse con bellas palabras en otras vertientes literarias —como el cuento, el poema o el guion—, tan solo se sentía entero cuando se enfrentaba al centenar, por lo menos, de folios vacíos ante de la pantalla de su desfasado ordenador. Sencillamente, Gervasio necesitaba ese espacio de páginas para poder plasmar, con un mínimo de dignidad, la historia que iba hilvanando a medida que avanzaba en el nudo del argumento hasta que alcanzaba el clímax y el conflicto estallaba contra la mirada inquieta del lector que ya se había rendido, muchas páginas atrás, al dominio de la imaginación literaria de aquel incipiente pero prometedor novelista, quien, según rezaba la contraportada del libro en cuestión, había sido galardonado con varios premios de narrativa en todo el país; incluso, había cruzado la sibilina frontera de Andorra, Portugal y Francia.

El insólito hándicap que provocaba que Gervasio no fuese, sin embargo, un auténtico mito de las palabras bien ordenadas era que ninguna de las novelas que había engendrado compartía ninguna relación con la anterior. Como no acababa de definir su estilo ni la tipología de sus sobrecogedoras historias, la masa de lectores no sabía a qué atenerse cada vez que se acercaban al mostrador de novedades de cualquier librería y giraban la portada con el fin de emprender el sorprendente y fresco relato de Gervasio Gilabert, aquel madrileño de treinta y pocos que escribía tan bien pero a quien le faltaba ese punto de seguridad con el tono que caracteriza a los semidioses asentados en el púlpito de los clásicos, para siempre más, en lengua castellana.

Todo se invirtió, sin embargo, cuando Gervasio se recluyó en su estudio de la antigua villa de Vallecas y comenzó a escribir el primer capítulo de su primera grandísima novela, titulada provisionalmente El enigma de Gisela, un angustioso thriller escenificado en el Ensanche y protagonizado por un escritor de moda que se ve absorbido por su compañera sentimental, una ambigua y peligrosa fotógrafa de prensa. La citada historia, a medio camino entre la novela impactante del consagrado Kike Batista y la novela ágil y bien documentada del admirado Ovidio Francolí, se basaba en la relación tortuosa entre ambos personajes y la dependencia del chico hacia a la chica. De ritmo frenético y pasajes casi cinematográficos, Los halagos en vano, título definitivo de la obra, resultó escrita en el vertiginoso tiempo de un fin de semana, con puente incluido. Gervasio Gilabert no pudo arrinconarla desde el mismo momento en que escribió el título en un documento de Word. Cuando la dio por terminada, se refugió en el sabio consuelo de su anciana madre. Aquella historia le había removido la entraña: demasiado.

Así pues, el nuevo autor de culto de la literatura española ya tenía nombre y apellido, cara y ojos, un pasado envidiable y un futuro sin barreras. Gervasio Gilabert, no obstante, continuó su sacudida vida como si nada hubiera mudado el impacto de la notificación del premio narrativo de más renombre de la nación. De talante risueño, Gervasio nunca hizo ascos a protagonizar entrevistas, a compartir su sabiduría literaria en interminables coloquios ni, sobre todo, a firmar ejemplares de su última y triunfal novela, Los halagos en vano.

Precisamente aquella noche del viernes, víspera de la otra fiesta nacional, su editor daba el pistoletazo de salida de la historia de 200 páginas que había dejado atónitos a los miembros del jurado del San Jorge. La cita era en una céntrica y emblemática librería de la ciudad, la concurrida y excitante Casa del Libro.

A las seis y pico, Gervasio se lavó y cambió de vestuario para llegar totalmente dinámico al encuentro con el ejército de hambrientos lectores que esperaban, desde la noche anterior, en la puerta de la citada librería para adquirir la primera tanda de ejemplares en rústica de Los halagos en vano, sentenciado por la crítica como el segundo best seller de la incipiente era de la narrativa posmoderna en catalán.

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Cuando el novel escritor giraba el chaflán de Gran Vía con la calle del Barco, se asustó de verdad: la hilera de voraces lectores ya daba dos vueltas enteras a la isla. A continuación Gervasio se vio obligado a tragar saliva, respirar hondo y pensar que todo aquello solo era el comienzo. Cuanto antes tuviera conciencia, mejor para su organismo vital.

Antes de que la presidenta de su club de fans —no tenía constancia de que se hubiera creado uno, ¡venga ya, qué disparate!— alertara al resto de lectoras adscritas a tal organización de literatas, su editor emergió de debajo de la muchedumbre que entorpecía el tránsito por el lateral de subida de Gran Vía. Acto seguido, lo agarró de la solapa de su americana de piel —negra y desgastada— y le dijo al oído:

—Tranquilo, Gervasio. Confía en mí…

Con esta relajante frase todavía flotándole en el oído, Gervasio se adentró en el ojo del tornado de la mano de su padre literario. Una vez acomodados alrededor de la mesa de honor que debía presidir el acto de presentación en sociedad de la novela de Gervasio, el presidente de la mesa, el concejal de Cultura del Ayuntamiento de la ciudad, cogió el micrófono y pidió calma, mucha calma y un poco de paciencia a todos aquellos ansiosos lectores que intentaban avanzar en la cola por la fuerza. Hay libros para todos, les había asegurado el político. Se quedaron cortos, sin embargo.

Tras el aburrido protocolo de parlamentos enharinados de mítines de campaña por parte de los distintos políticos invitados para la ocasión, le tocó el turno al editor de Gervasio, que dijo maravillas del chico y certificó, con la cabeza altiva, que gracias a su editorial y al premio que financiaba la obra de Gervasio Gilabert salía de las tinieblas. Los aplausos se intercalaron entre los gritos de las lectoras más sexuales del escritor, que se deshacían por acercarse el máximo posible. De entre todas, sin embargo, había una que guardaba un secreto en su ambigua entraña.

Suerte de los guardias de seguridad que trabajaban, habitualmente, en la librería, si no el establecimiento se hubiera derrumbado de buenas a primeras. Ya hacía más de dos horas que Gervasio Gilabert firmaba un ejemplar tras otro de su tremenda novela Los halagos en vano, la trepidante historia que había enloquecido al grueso de lectores potenciales de la capital e, incluso, de las cercanías. Agotado pero no cansado, Gervasio sonreía cada vez que preguntaba a su fan de turno:

—¿A quién lo dedico?

Y así continuó hasta que su estilográfica se quedó sin tinta y tuvo que cambiar de bolígrafo. Fue una de las empedernidas lectoras la que le salvó la vida en aquel tenso instante del preámbulo del estallido de su trayectoria como estrella de la narrativa actual. La joven, de físico de fantasía y cara de cuento de hadas, se acercó darle un bic cristal azul —de hecho, el que prefería por defecto el muchacho— cuando Gervasio ya se había palpado todos los bolsillos de su cuerpo. Tras agradecer el gesto, el escritor le hizo la pregunta de rigor. Pero ella no contestó lo que figuraba en el guion preestablecido.

—La verdad es que he venido para hablar contigo. En privado —matizó la enigmática lectora.

Lejos de amedrentarse, Gervasio aceptó la invitación y comentó si le iba bien charlar cuando acabara aquella maratón de firmas sobre tapa dura. La respuesta entonces sí que fue la esperada:

—Te espero el bar de la esquina.

Penumbra de Argento era un bar musical que él conocía muy bien, así que no debía surgir ningún imprevisto logístico que dificultara aquel encuentro posliterario. Al cabo de una hora y pico, el último ejemplar de Los halagos en vano se agotaba y el gentío que aún permanecía sin él se iba a casa con cara de pocos amigos. Habría que reeditarlo al día siguiente. Otro récord que había caído gracias al brutal talento de Gervasio Gilabert, el escritor en auge. El hombre que tenía que dirimir un posible altercado sentimental a la vista.

Cuando Gervasio consiguió zafarse de los besos y apretones de manos de sus lectores más pegajosos, enfiló Gran Vía hacia arriba hasta que entró en el bar musical donde había quedado con aquella chica tan interesante que no había hecho cola para pedirle un autógrafo, sino que se tragó toda la hilera para proponerle una noche lujuriosa. Y buena falta que le hacía, pobre muchacho: recordaba claramente la última vez que había hecho el amor; en ese largo período de tiempo, había escrito cuatro novelas. Por ese patético motivo, su obra estaba rellena de relaciones fatales, de mujeres extrañas, de hombres maltratados. Machista, lo acusaban unos. Realista, lo defendían los demás.

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Después de mirarse un segundo en el espejo, Gervasio empujó la puerta de entrada de Penumbra de Argento y buscó, entre la tela de oscuridad que rebozaba el antro musical, los labios carnosos de la chica que minutos antes le había invitado a aquel inusual encuentro. La encontró, por fin, encajonada en un reservado al otro lado de la pista de baile. Vestía completamente de negro, llevaba gafas de pasta y estaba mirando, para hacer tiempo, una inmensa carpeta con asa. Cuando la chica se dio cuenta de que Gervasio ya había llegado, guardó de cualquier manera el contenido de la carpeta y se levantó para saludarlo. Dos besos en la mejilla. Siéntate. Gracias. ¿Qué quieres tomar?

—Un Martini blanco. Y tú, ¿ya has pedido? —le preguntó el escritor en facetas nocturnas del todo humanas.

—Te estaba esperando…

Aquella sonrisa tan exagerada denotaba que la chica no estaba demasiado bien de la cabeza. Pero, a pesar de aquella percepción psicológica, Gervasio intensificó su cortejo. La cruda realidad era que deseaba acostarse con ella lo antes posible. Debería esforzarse, sin embargo.

Cuando el camarero trajo las bebidas, Gervasio accionó su particular e inesperada caja de pandora.

—Todavía no me has dicho cómo te llamas…

Otra sonrisa deforme. Antes de contestarle, no obstante, la chica probó su copa. Escupió su trago, seguidamente, dentro del mismo vaso. «Por qué lo había hecho», se preguntaba con curiosidad Gervasio. Pronto salió de dudas.

—Gisela.

—Perdona, no te he escuchado bien. La música está algo alta…

—Soy Gisela, Gervasio. Pensaba que ya te habías dado cuenta en la librería.

Era ella. Nunca se la había imaginado tan bonita. Ni tan atractiva. Ni, sobre todo, con esa sonrisa tan rara que no parecía de aquel mundo. Porque, de hecho, ni ella ni su sonrisa pertenecían a él.

—Pero como…

—No tienes ningún derecho a preguntarme nada. Soy yo la que he hecho el esfuerzo de venir. Ahora es tu turno de callar, escuchar y responder. Ya me has hecho suficiente daño…

¿Daño? ¿Qué mal le había podido hacer a un personaje que él mismo había engendrado en su cabeza? Ahora no le vendría con aquella revelación alocada del filósofo enajenado que rezaba que todo lo que se inventaba existía en la medida que alguien se lo imaginaba, ¿verdad?

—Es algo inexacto esta afirmación, pero en síntesis es eso.

No puede ser, alguien me ha envenenado esta tarde mientras firmaba ejemplares de Los halagos en vano.

No, Gervasio: nadie te quiere ningún daño. Ni los de aquí, ni los de allí. Te lo puedo asegurar. Todo esto es un asunto particular: entre nosotros dos —le confirmó la tal Gisela, firme en su revolucionaria tesis.

¿Pero cómo podía aquella chica leer sus pensamientos? Aquella exasperante situación comenzaba a catalogarse de locos, de todas-todas.

—Piensa en ello por un momento, Gervasio: si tú me has creado, si tú sabes todo lo que hago, todo lo que digo, todo lo que pienso, ¿qué te hace pensar que yo no conozco lo mismo de ti?

El razonamiento lo había aguijoneado por dentro. Se refugió en el Martini. Pidió dos más.

—Pero lo que todavía no entiendo —reflexionó, por fin, Gervasio, desconcertado— es qué quieres de mí…

—No mucho, Gervasio: solo que me contestes un par de preguntas. Y que me hagas una promesa.

—¿Cuál, si se puede saber?

—Primero debes contestarme las tres preguntas que me están matando desde que me vomitaste sobre la pantalla de tu ordenador, Gervasio.

—Dispara…

—¿Por qué yo?

¡Aquella sí que era buena! Un personaje que él había creado, porque le había dado la gana y punto, ¡le exigía una explicación a ese parto literario! Dos sorbos de Martini más tarde, Gervasio miró fijamente a Gisela y le confesó:

—Eres la mujer perfecta que siempre he soñado tener a mi lado. ¿Contenta?

—A medias —prosiguió la muchacha—. Bueno, segunda pregunta: ¿Por qué no me diste la oportunidad de cambiar y amarte?

¡Y encima hablaba de sentimientos, el ser metafísico! Con la lengua liberada por las cosquillas del alcohol, Gervasio se lanzó por el acantilado que representaba estar hablando con alguien que no existe pero que tú has engendrado. La ironía del arte.

—Nunca me amaste. Desde el primer día, me utilizaste para tu provecho. Me consumiste, Gisela. Estuviste a punto de acabar conmigo. Y eso no te lo podré perdonar nunca, aunque hayas venido desde donde demonios se supone que vives. Que te quede muy claro… —la retó con la mirada colmada de desprecio.

—No sabes lo que dices, Gervasio. Pronto te demostraré que todo lo que me estás contando es una mentira tras otra. Bueno, seguimos. Tercera y última pregunta: ¿Por qué no terminaste conmigo, si tanto daño te estaba haciendo?

Buena pregunta, observó el chico, totalmente entregado a aquel desenfreno entre dimensiones. Le tenía que contestar, y rápido, si no no se iría contenta. Y necesitaba que se fuese, lo antes posible. Ya no aguantaba ni un segundo más aquella estrambótica situación.

—No podía matarte, Gisela. Te amaba cuando te creé y te sigo queriendo ahora, más que nunca. Todos los humanos tenemos el derecho a destrozarnos la vida de alguna manera: pues yo he escogido querer a un amor platónico de tinta y papel. ¿Contenta?

Se miraron de hito a hito, inmediatamente. Él intentaba avistar un cambio de ritmo, un ápice de bondad humana, una chispa de esperanza para confiar en ella de nuevo, aunque fuera al otro lado. Pero Gisela, lejos de concederle una segunda oportunidad, volvió a ofrecerle su monstruosa sonrisa y a castigarlo mostrándole el contenido de la carpeta que miraba cuando él acababa de entrar en el local.

—Mira esto, Gervasio. Y sufre como he sufrido yo todo este tiempo —le amenazó la protagonista femenina de Los halagos en vano.

A continuación, Gervasio vació la carpeta sobre la pegajosa mesa. Era un álbum de fotografías. Instantáneas en blanco y negro —como la propia Gisela— de ellos dos. La boda y el banquete. Luna de miel en Asia. Y el bautizo de su hija.

—¿Te das cuenta, Gervasio?

Sí, se había dado cuenta enseguida. Por ese motivo, no se atrevía a abrir el buche. No le salían las palabras, a él, el mago de la frase espontánea. Sin el teclado no era nadie. Pero sin sus personajes, tampoco.

—Y ahora, ¿qué se supone que debo hacer? —le preguntó con la mirada tan perdida que él mismo comenzaba a difuminarse en blanco y negro.

—Te concedo una segunda oportunidad, Gervasio. Arréglalo, todavía estás a tiempo…

Pronunciadas esas duras palabras, el fantasma de Gisela se escabulló tras un pliego del ambiente. Cuando ella se disipó para siempre, Gervasio resucitó.

Transcurridos siete días desde la presentación de la novela más vendida de toda la historia de la narrativa castellana moderna, Gervasio Gilabert se plantó en el despacho de su editor y le suplicó que le publicara aquel original que le temblaba entre las manos. Lógicamente, le solicito 24 horas para leérselo con un mínimo de cordura y le invitaba al día siguiente para cenar y, de paso, para comentarle qué le había parecido aquella nueva historia, la que estaba convencido que se convertiría en un nuevo superventas.

Al día siguiente a la hora prevista, Gervasio Gilabert y su editor se encontraron en el restaurante más caro de la ciudad. Enseguida, sin embargo, Gervasio notó que su editor estaba desencantado. Antes de probar los entrantes, el empresario de las letras le recriminó:

—¿Qué es esta mierda, Gervasio?

—¿No te ha gustado? —estremecido, el escritor.

—Es indigno de ti, hijo. No es posible que lo haya escrito el mismo espíritu brillante que se ingenió Los halagos en vano. ¿Qué te pasa, Gervasio? ¿Se te ha subido el éxito a la cabeza? ¿Qué pinta, a estas alturas, una nueva historia de la tal Gisela? ¿No te das cuenta que así matarás tu fulgurante carrera, hijo? ¿Por qué lo has hecho? Me asustas, de verdad te lo digo: te miro a los ojos y solo veo miedo. ¿De qué, Gervasio?

Por muchas veces que se lo intentara explicar, ¿lo llegaría a comprender? ¿Lo podía llegar a entender alguien, en ese terrenal mundo? El postre quedó aplazado para otro día. De hecho, no se volvieron a ver.

Cuando llegó a casa, Gervasio Gilabert encendió rápidamente su viejo pero funcional ordenador y abrió un nuevo documento de Word. Aquella vez, sin embargo, escribiría un cuento, no una nueva novela. No se veía con fuerzas; demasiado espacio para siquiera plasmar una idea, un suceso liso y llano: empezaría a trazar su propia muerte.

Un angel a l infern, de Octavi Franch | Casa del Libro


Octavi Franch (Barcelona, 1970). Escritor de todos los géneros en todos los formatos, ha publicado unos 75 libros y ganado más de 100 premios literarios. Retirado de las letras por motivos laborales durante 7 años, en 2015 resurgió de la penumbra. Actualmente está acabando de reeditar su obra en catalán, publicándola en castellano y empezando a editarla en inglés. Además, es dramaturgo, guionista audiovisual y articulista. También lleva a cabo, por encargo, cualquier función dentro del sector editorial. Visita su muro de Facebook

Sección de Literatura

Imágenes: Pixabay

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