Más fuerte que el destino (La reina Cristina de Suecia, de Rouben Mamoulian) | Miguel Bravo Vadillo

«Carácter es destino»

Heráclito

En la secuencia inicial de La reina Cristina de Suecia (Queen Christina, Rouben Mamoulian, 1933), podemos ver cómo Gustavo II Adolfo, rey de Suecia, muere en la batalla de Lützen (Guerra de los Treinta Años). Acto seguido, su única hija, una niña de unos seis años de edad, entra en la sala del trono con paso firme y decidido, presta a recibir sobre su pequeña cabeza la corona que la convertirá en reina y que, en principio, parece marcar el peso ineludible de su destino.

la reina Cristina de Suecia, película

Muy joven aún para comprender la nueva realidad a la que debe enfrentarse, la reina niña muestra un aplomo fuera de lo común cuando recita de memoria su discurso de coronación (si bien, la verdadera reina Cristina sería coronada como tal mucho más tarde, en 1650, cuando esta contaba casi veinticuatro años de edad; aunque ya ejerciera desde mucho antes sus deberes como monarca). En cualquier caso, la pequeña reina, en un también pequeño lapsus, olvida una parte del texto; Oxenstierna (tutor de la reina, y regente hasta la mayoría de edad de la misma, personaje interpretado por Lewis Stone) le recuerda la frase con que debe continuarlo, pero la niña prefiere añadir una de su propia cosecha, demostrando así la abrumadora personalidad con la que más adelante –siendo ya mujer– habría de sobreponerse a los rigores de la corona. Una corona que, con el transcurso de los años, acabaría pesándole en exceso.

Merece la pena recordar la frase que la niña cita de manera espontánea: «En cuanto a la guerra, prometemos ganarla». Más tarde, en su vida adulta, una vez que ha ganado en experiencia de la vida y en cultura (la reina sería una gran aficionada a la lectura, firme defensora de las artes y gran mecenas, llegando a recibir el apodo de Minerva del Norte), Cristina apostará, sin embargo, por la vida y por la paz de una manera irrefutable (la verdadera Cristina firmará la paz de Westfalia en 1648, dando fin a la guerra de los treinta años), así como por la educación de su pueblo y la renovación de las universidades. Será entonces cuando realmente comience a gobernar, pero también cuando más deteste los condicionamientos y limitaciones que la corona le impone: un matrimonio concertado (sería interesante averiguar a cuantos personajes de la realeza habrá influido el argumento de este filme después de su estreno para que decidieran buscar pareja por sí mismos, guiándose más por los imperativos del amor que por los de su tradición monárquica), un pueblo exigente (ese pueblo que tanto la quiere, pero que no desea verla feliz), las presiones de la corte, los deberes para con la patria y sus grandes muertos, etc.

Pero Cristina no está dispuesta a que la corte decida cómo debe vivir su propia vida. Hasta entonces no había hecho más que soñar con olvidarse del mundo y del papel que supuestamente debía interpretar en él; sin embargo, llega un momento en que se arma de valor y decide rebelarse contra ese destino ante el que, por nacimiento, estaba llamada a claudicar. Y comprende que solo podrá ganar su guerra particular contra un destino impuesto abdicando de la corona y buscando, por sí misma y de acuerdo con sus convicciones personales, un nuevo horizonte para su vida, un horizonte más libre en el que poder ser, por fin, ella misma. 

la reina Cristina de Suecia

Evidentemente, el argumento de la película se toma algunas libertades con respecto a la vida real de la reina Cristina, pero el planteamiento básico del filme coincide con la realidad histórica en la que debió desenvolverse la verdadera monarca. Y gracias a un guion sublime y a la poderosa y soberana (nunca mejor dicho) interpretación, siempre acorde y consecuente con el personaje, de Greta Garbo (vaya para ella mi más rendido homenaje en este año en que se cumple el vigésimo aniversario de su muerte), no solo llegamos a conocer a fondo a la reina Cristina –sus ideas, sus anhelos, sus sentimientos–, sino que la comprendemos y aun la defendemos, colocándonos de su parte en cada decisión que toma, en cada frase que dice.

Solo la historia de amor que surge entre ella y el embajador español puede considerarse un añadido al filme para hacer este más atractivo al público en general. De hecho, la Cristina histórica abdicará (además, sin dar explicaciones) para convertirse al catolicismo (una reina sueca y católica hubiera sido una incongruencia, algo inconcebible, pues Suecia era un país luterano; si bien, la propia reina fue una librepensadora contraria a las persecuciones religiosas, detalle que tampoco olvidan los guionistas del filme); mientras que en la película de Mamoulian, Cristina abdica del trono sueco para fugarse con el embajador español Antonio de Pimentel, es decir, un católico. Como ven la diferencia es puramente romántica, y por razones estrictamente cinematográficas y aun comerciales; pues si la verdadera reina cambió el luteranismo por el catolicismo, en la película ese cambio se ve ilustrado por la elección de amante: en lugar de escoger a un sueco luterano, escoge a un español católico. Con esta pequeña matización se transforma un drama histórico en un drama romántico, aunque encuadrado, desde luego, en un marco histórico: el de la Suecia del siglo XVII en que nació la reina.

la reina Cristina de Suecia, película, reseña de Miguel Bravo Vadillo

Pero las similitudes no se dan solo entre el personaje real y el de ficción, sino entre estos y la actriz que lo interpretó. Un dato curioso es que la verdadera reina abdicó a los veintisiete años de edad, la misma edad que tenía Greta Garbo al rodar la película. Ambas, desde luego, eran suecas, pero también poseían un carácter bastante similar, y un carácter que, al cabo, condicionó el destino de ambas. A la reina la envolvía un aura de misterio y ambigüedad, del cual no era carente la propia Garbo y que esta supo utilizar a la perfección para dar vida y credibilidad a su personaje. Incluso la enigmática actriz tenía la costumbre de dejar muchas preguntas sin contestar, como el propio personaje (y la propia reina verdadera). También Garbo decidió retirarse del mundo del cine a una edad muy temprana, para llevar una vida lo más anónima posible. Y también, como la propia reina, vivió siempre soltera. Por supuesto sobra decir que la reina histórica no era, físicamente, tan atractiva como la actriz que le dio vida en la pantalla; a tanto no llegaron las semejanzas.

Estamos, por tanto, ante una obra pensada para el lucimiento de la actriz más enigmática de cuantas dio la historia de este arte. Una obra que es un milagro hecho cine. Y el máximo responsable de este prodigio se llamaba Rouben Mamoulian, un director a redescubrir y que bien merece un ciclo en cualquier filmoteca que se precie. Venido del mundo del teatro fue también un innovador técnico en el mundo del cine, al que supo dotar, además, de recursos propiamente teatrales para realzar la fuerza de los diálogos en el incipiente (y ya imparable) cine sonoro; tal y como hace en la película que nos ocupa, en la que supo elevar el espíritu independiente de la reina por encima de las presiones y conveniencias de la corte sueca con una puesta en escena al servicio de la divinal actriz. Solo Mamoulian supo sacar tanto partido al misterioso atractivo de Greta Garbo, cuyo personaje de reina Cristina, con todo lo que conlleva de dramático, de romántico, de altivo, de firme y enérgico, le vino como anillo al dedo a su propio genio y a su propia figura. Incluso su indumentaria masculina le presta el vehículo perfecto para impregnar la pantalla con su serena y distante belleza, realzada por la conmovedora fotografía de William Daniels, quien sería su director de fotografía favorito.

Reina Cristina de Suecia

En verdad, cuesta imaginar a otra actriz interpretando este papel. Y es que resulta imposible no sucumbir al hipnótico magnetismo de la mirada de esta fascinante mujer. Uno se queda extasiado ante el ligero arqueo de sus cejas, el temblor ensoñador de sus pestañas, la seriedad meditabunda de su entrecejo, su mentón mayestático, su nariz distinguida, la altivez de su frente despejada, la circunspección de sus finos labios delicadamente perfilados, el peinado de corte decididamente masculino a la vez que espiritual, la profundidad sabia pero sentimental de sus ojos… Su estampa andrógina, su presencia ágil y desenvuelta, contribuyen a realzar la elegancia de su cabeza egregia, la prestancia de su rostro etéreo…

Pero sigamos con la película. Deslumbrante de principio a fin, innovadora, de sutil erotismo, inteligente y decididamente artística; cada fotograma de La reina Cristina de Suecia es una obra de arte por sí mismo. Su guion (Harwood y Viertel) es incisivo y brillante, sus diálogos (Behrman) concisos e inteligentes (algunos francamente sublimes, de una gracia, una frescura, una inteligencia y sencillez difíciles de igualar). Su diseño artístico y la ya citada fotografía son una delicia para los sentidos. ¡Y pensar que bastaría con que hubiese sido rodada dos años después (ya plenamente instaurado el código Hays) para que no hubiésemos podido disfrutar de algunas de sus más sugerentes escenas, ni oído algunos de sus más atrevidos diálogos…!

Por extraño que parezca, la película no recibe ninguna nominación al Oscar cuando hubiese merecido, cuando menos, las de mejor película, dirección, actriz, guion, dirección artística y fotografía. No es solo una joya cinematográfica, sino una gran obra de pensamiento, con todos los ingredientes precisos, y en perfecta armonía, para ser considerada una obra maestra. Los que preferimos el cine a la mal llamada realidad, lo hacemos, entre otras cosas, porque en el cine podemos disfrutar de los planos y diálogos que ofrecen películas como esta; capaces de sublimar la esencia misma de la vida, pero que jamás podremos hallar en esta. Recomiendo al espectador que vea La reina Cristina de Suecia (Queen Christina, Rouben Mamoulian, 1933) con la mente pura y limpia, concediendo seriedad y credibilidad a cada frase, a cada escena. No habrán visto nunca nada igual. Y si no consiguen ustedes emocionarse hasta las lágrimas en varias de sus secuencias, es que no han sufrido de verdad los rigores de la existencia humana.

Por supuesto Mamoulian cuida muy bien que tan poderoso personaje, como el de la reina Cristina, esté convenientemente arropado por un reparto de peso (Ian Keith, Lewis Stone, Elizabeth Young y C. Aubrey Smith, entre otros), con interpretaciones acordes a los soberbios decorados y al duro pero hermoso paisaje sueco, tan bellamente fotografiado. Solo un personaje parece flojear un poco, aunque no siempre, y es el que interpreta un gestero John Gilbert, cuyos asombrados y abiertos ojos, y su actitud excesivamente histriónica, demuestran que no ha sabido librarse del todo de la técnica propia del cine mudo para adaptarse a las nuevas exigencias del sonoro (en el que basta una presencia inteligente, sin necesidad de tanta mímica, como bien demuestra la propia Garbo, para atrapar por completo la atención del admirado espectador). Sin embargo, la química entre ambos es incuestionable, y las escenas de amor en las que aparecen juntos son de las más bellas jamás filmadas; quizá por su refinada teatralidad. ¿Pero quién podría poner en duda que la escena de la muerte de Antonio (en un final trágicamente bello) y la discreta reacción de Cristina son más verosímiles que, salvando las distancias, la misma escena de la muerte de Romeo y Julieta (tan artificiosa y ridícula)? 

Miguel Bravo Vadillo

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Más fuerte que su destino (La reina Cristina de Suecia, de Rouben Mamoulian). Artículo corregido sobre el publicado en la revista de cine Versión Original en noviembre de 2010 (n.º 187, monográfico: El destino).

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