Rebrotes

Creíamos que la llegada del verano iba a suponer un respiro en la crisis del coronavirus, unos meses de impasse que, entre baños, paseos y terrazas, nos permitieran olvidar –si eso fuera posible– los envites de la mayor crisis sanitaria en cien años. Vanas expectativas, por ahora: los numerosos rebrotes se encargan de oscurecer un futuro de por sí incierto.

Hasta que tengamos una vacuna efectiva con la que enfrentarnos a la Covid-19, estamos expuestos a una incertidumbre sanitaria global impropia del siglo XXI. Los viajes espaciales, la nanotecnología y los trasplantes de corazón, tarjetas de presentación de una sociedad que se creía avanzada, se antojan fuegos artificiales del pasado. Lo único que tenemos claro a fecha de hoy es que si el coronavirus vuelve a cobrar virulencia, no tendremos arma de defensa más efectiva que la del confinamiento. Por un lado, nos ofrecen viajes interplanetarios; por otro, no podemos abandonar la cueva, a la manera de los primates.

Por si fuera poco, los movimientos antivacunas, especialistas en apagar el fuego con gasolina, están poniendo toda la carne en el asador para prevenirnos de que el coronavirus –que se ha cobrado ya la vida de cientos de miles de personas– es un engaño y la vacuna, una burda maniobra para tener controlada a la población mundial.

Nos enfrentamos a dos virus: uno que se encarga de aniquilar nuestro cuerpo y otro, cada vez más organizado, que se afana en aniquilar nuestra mente. Y así las cosas, lo que más necesitamos –la vacuna– se acaba por convertir en arma ideal de los conspiranoicos incluso antes de que esté en el mercado.

Abordar este problema con recursos de cine apocalíptico, sea por puro placer narrativo, por estulticia o por esa erótica del poder que se alimenta de capitanear a una legión de adoctrinados, no hará sino agravar una situación que precisa de la razón y la ciencia, no del oscurantismo.

Francisco Rodríguez Criado. Artículo publicado en El Periódico Extremadura el 24 de junio de 2020.

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