Nativos digitales

Uno de mis hijos, con tan solo siete años, habla de youtubers, servidores, hackers y apps con una facilidad pasmosa, como si lo supiera todo sobre el entorno digital. Y sin embargo, hasta hace poco, cuando le preguntábamos los meses del año, era incapaz de decirlos todos sin “comerse alguno”, y no siempre el mismo.

Es la paradoja de los tiempos en que vivimos: mientras a los mayores les cuesta horrores dominar la tecnología, esta es para los pequeños, nativos digitales, su compañera de viaje, su amiga del alma, hasta el punto de que se dan situaciones paradójicas como la que he descrito en el párrafo anterior.

Supongo que no seré el único padre al que este dominio de la tecnología por parte de nuestros retoños le genera un conflicto. Ciertamente, por un lado me gusta que mis hijos estén en el mundo y sepan manejarse en un ambiente informático al que no podrán renunciar en el futuro. Pero, por otro lado, ¿hasta qué punto es bueno que esa pulsión tecnológica acapare gran parte del tiempo tradicionalmente dedicado a los juegos interactivos (presenciales), el deporte o, por qué no, el aburrimiento, que es el mejor acicate para desarrollar la imaginación?

Tal vez sea eso lo que más me preocupa: que la sobreabundancia de estímulos de hoy día les impide crearse sus propias aventuras. Ese mundo de aventuras que los chicos de mi generación nos inventábamos ahora les llega a los niños en pantallas, creado por adultos con afán crematístico.

Un legítimo sentimiento me anima a querer para mis hijos lo que yo tuve en mi infancia: un mundo analógico de bicicletas, canicas, tirachinas, partidos de fútbol en canchas de arena y barro… Pero si les propusiera a mis hijos poner estas aficiones en el centro de su vida, me tacharían de loco. Aunque quizá solo soy un nostálgico que piensa, como el poeta, que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Francisco Rodríguez Criado

Luis Alberto (relato corto)

Artículo publicado en El Periódico de Extremadura, el 11 de enero de 2022.

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