En ausencia de Ann (‘Mi vida sin mí’, de Isabel Coixet) | Miguel Bravo Vadillo

«Recuerde el alma dormida,

abive el seso y despierte…»

JORGE MANRIQUE

Puede que el lector se haya planteado en más de una ocasión cómo sería su vida después de la pérdida de un familiar muy querido o de esa persona con quien ha decidido compartirla (tema que ya trató el mismísimo Truffaut en La habitación verde (La chambre verte, François Truffaut, 1978), donde Julien Davenne vive la ausencia de su esposa, fallecida once años antes, de una manera obsesiva y enfermiza). Así mismo, Isabel Coixet también nos habla en Cosas que nunca te dije (1996) de las consecuencias que provoca en el otro la ausencia del ser amado (en este caso a partir de una ruptura de pareja). Pero, en última instancia, no hay mayor ausencia que la ausencia de uno mismo; después de todo, «Los muertos no sienten nada, ni siquiera nostalgia», como nos dice el personaje que interpreta una inconmensurable Sarah Polley en Mi vida sin mí (Isabel Coixet, 2003).

La película de Coixet nos cuenta la historia de Ann, una chica de veintitrés años, casada y con dos hijas pequeñas, a la que se le diagnostica un cáncer incurable en fase terminal. Asombra la entereza con la que la joven protagonista afronta la grave noticia: lejos de abatirse, decide aventurarse en un redescubrimiento de sí misma y de la vida, de tal modo que llega incluso a vivir con más intensidad que nunca. Las decisiones que toma para apurar hasta el último sorbo la copa de su ya corta existencia –cuando intuye que esta es todo cuanto realmente tenemos– quizá sorprendan a algunos espectadores; pero Ann comprende que cualquier hipocresía, cualquier cobardía, cualquier manido convencionalismo están de más ante la insoslayable contundencia de su anunciada muerte.

«Decir lo que pienso» es uno de sus diez mandamientos, uno de esos cometidos que desea cumplir antes de morir y que conforman un decálogo encabezado por el amor a sus hijas sobre todas las cosas. Un decálogo de libre elección, obviamente, y no impuesto por aquellos que se erigen a sí mismos como guardianes de la moralidad pública. «Buscar a Don (su marido) una buena chica», «Fumar y beber todo lo que quiera», «Hacer el amor con otros hombres para ver cómo es», «Hacer que alguien se enamore de mí» o «Ir a ver a papá a la cárcel» son los puntos que conforman el resto de esa lista tan personal como intransferible. Y todo ello lo lleva a cabo con una naturalidad y sencillez pasmosas, sin los lastres de una mala conciencia o la comezón de una angustia existencialista y perentoria (Ann ni siquiera solicita la ayuda de un psicólogo, algo bastante normal en estos casos).

Mi vida sin mí, Miguel Bravo Vadillo, Isabel Coixet

Simplemente, lúcidamente también, Ann no culpa a nadie de su situación –ni a hombres ni a dioses ni, mucho menos, a sí misma–. Y Coixet en ningún momento pretende juzgar a su personaje o convertirlo en un modelo a imitar, tan solo perfila el retrato de una mujer valiente que decide encarar con optimismo y curiosidad las últimas semanas de su vida. Una mujer decidida, emotiva, sensible, sencilla, inteligente y actual. Una mujer fuerte (quizá a su pesar, y a pesar también de algunas debilidades, como los caramelos de jengibre y las uñas postizas) y, al cabo, una heroína de nuestro tiempo, muy alejada de la artificiosidad de otros héroes superfluos –tanto masculinos como femeninos– en los que cierto tipo de cine cae con tan desdeñable facilidad. Un personaje, en fin, de carne y hueso: un personaje verosímil.

Mi vida sin mí (Isabel Coixet, 2003) es esto y mucho más. Mezcla de estoicismo y hedonismo, Coixet construye un nuevo ars morendi a medio camino entre la cristiana entereza de semblante (heredada del senequismo) y el carpe diem horaciano. La película, más que conmover (que también lo hace, pero sin estridencias), invita a la reflexión; y así es como debe ser. Y es que el filme de Coixet nos recuerda algunos lugares comunes de la literatura clásica y de la tradición cristiana, como la fugacidad de la vida o del tiempo (tempus fugit), el recuerdo de nuestra propia condición mortal (memento mori), la manera de afrontar la propia muerte (ars morendi) y aun el desprecio de un mundo (contemptu mundi) más pendiente de un consumismo desaforado y escapista que de cuidar los bienes del espíritu. Pero también invita al espectador a no malgastar su propia vida, a crear su propia lista de prioridades, si es necesario; lo que vendría a ser una manera de establecer nuestra propia escala de valores y de no perder de vista esas cosas que nos gustaría hacer antes de morir. Porque lo que está claro es que todos tenemos que morir, aunque no sepamos cuándo. Y aquí es donde cada uno debe actuar en conciencia, sin juzgar las preferencias ajenas, porque todas son respetables siempre y cuando no atenten contra la libertad de los demás.

La película que nos ocupa no es, precisamente, una obra escapista y puede deprimir a más de un espectador. Nada tengo en contra del escapismo en arte –de hecho, el propio arte no deja de ser, en rigor, una forma de escapismo: el más refinado y necesario para vivir con cierto aplomo–, pero porque veamos una película de estas características de vez en cuando, una película que se atreve a enfrentarnos con nuestro destino último de una manera honesta y sin subterfugios (no por ello menos artística), nada dañino va a sucedernos; si acaso nos hará pensar en aquello que a la mayoría de la gente no le gusta pensar o no lo cree necesario: la muerte. No obstante, también comprenderemos algo que no deberíamos olvidar jamás: que cada día que vivimos es un regalo, no para vivirlo como si fuera el último (lo cual provocaría un caos social tan incuestionable como descomunal), sino para hacerlo como si fuera el primero del resto de nuestra vida: con la misma curiosidad, con el mismo anhelo, con el mismo deseo de descubrir cosas nuevas que cuando éramos niños y nos embargaba el mayor de los entusiasmos.

Mi vida sin mí, Miguel Bravo Vadillo, Isabel Coixet

Desde luego el consumismo es una opción escapista socialmente aceptada, cosa que sabe muy bien la propia Isabel (auténtica gurú de la publicidad); y así nos lo expone en palabras de la propia Ann: «Ahora ves las cosas claras (…). Miras todas las cosas que no puedes comprar y que ahora ya ni quieres comprar. Todas esas cosas que permanecerán cuando tú te vayas, cuando estés muerta, y caes en la cuenta de que todo lo que hay en los escaparates (…) está ahí para mantenernos alejados de la muerte, y no lo consiguen». Y es que la tragedia vital de Ann contrasta con la banalidad de ese mundo de anuncio de televisión, y así queda plasmado en otras frases de la protagonista: «En todos los putos anuncios te venden una felicidad de mierda», «En un supermercado nadie piensa en la muerte». Será por esto último que siempre hay tanta gente en los grandes almacenes.

Las drogas también son, para algunos, otra manera de escapar de una realidad que nos incomoda o nos repugna; y la directora y guionista tampoco desperdicia la ocasión de hacérnoslo notar: «Ahora te apetecería probar todas las drogas del mundo, pero todas las drogas del mundo no cambiarían la sensación de que tu vida ha sido un sueño y estás empezando a despertar». Esta idea de la vida como sueño está íntimamente relacionada con la del alma dormida que debe despertar –según la tradición cristiana, tan arraigada en las famosas coplas de Manrique– a la vida espiritual. Es decir, se entiende que la vida es sueño (recuérdese a Calderón) y la muerte –en el caso que nos ocupa: la proximidad de la muerte, más bien– equivale al despertar de la conciencia. Idea muy querida también por Baltasar Gracián, para quien el hombre entra a esta vida engañado y sale de ella desengañado.

A lo largo de la película podríamos destacar otras frases igualmente lúcidas que, insertadas en un guion sensible e imaginativo, le valieron a la directora catalana el Goya al mejor guion adaptado en un año en el que debió competir con la espeluznante Te doy mis ojos (Icíar Bollaín, 2003), que terminó acaparando los premios más importantes de la Academia.

Mi vida sin mí, Miguel Bravo Vadillo, Isabel Coixet

Pero la película de Coixet rezuma humanidad por todos sus poros (tal y como pretendía Jean Renoir con su cine) y tiene todas las señas de identidad de esas novelas cortas –precisas y preciosas– que dejan una huella indeleble en el lector (aquí complacido espectador). El ritmo de esta película es puro arte narrativo, y algunas de sus secuencias son capaces de transmitir sentimientos de una profunda calidez y de una belleza plástica difícil de ver en el cine actual. No debemos olvidar que Isabel es una fan declarada de Wong Kar-Wai, y se muestra igualmente osada, y acertada, en la colocación de la cámara y en la meticulosa elección de sus planos. De hecho, su marcada estilización, su ritmo pausado e intimista, así como su manera de utilizar la música para acompañar algunas imágenes, nos recuerda a películas como Deseando amar (In the Mood for Love, Wong Kar-Wai, 2000). De la misma forma, esa invasión de la cámara en la intimidad de los personajes exige mucho del trabajo actoral. Con todo, el filme de Coixet se erige en un poema visual, sensible e inteligente, magníficamente narrado –en tono, tempo y estilo– y en el que su directora utiliza con maestría todos los recursos artísticos y técnicos que tiene a su alcance; entre ellos, una acertadísima banda sonora (cuyo responsable es Alfonso de Vilallonga) que sabe dónde, cómo y cuándo utilizar, ajustándose a su narrativa como anillo al dedo. No menos relevante es, por supuesto, su admirable sentido de la elipsis.

Sin embargo, el mayor logro de Isabel Coixet es el guión. La directora parte de una premisa realista –la mala notica que un médico da a su paciente–, pero, lejos de manipular la historia de Ann de manera artificiosa hasta conseguir lo que podríamos llamar el aberrante final de una tragedia griega (en la que hasta el perro de la familia acabaría sacándose los ojos después de lamentarse de su trágico destino en un extenso y sombrío monólogo), lo que hace es componer un plausible canto a la vida. La mente de Ann no es la desquiciada mente –desquiciada de puro exceso de conciencia– de un oscuro protagonista de novela rusa (piénsese, por poner un solo ejemplo, en la magistral La muerte de Iván Ilich, de Tolstoi, donde el desgraciado protagonista afronta sus últimos meses de vida de manera especialmente traumática y autodestructiva desde el punto de vista psicológico); antes bien, Ann se nos presenta como una mujer –amen de corriente– sana y equilibrada, y que, lejos de caer en la desesperación de atormentarse infructuosamente, actúa con admirable sensatez en todo momento. Lo que quiero decir con esto, querido lector, es que al final de la película solo muere ella, y lo hace a causa de su enfermedad; no muere nadie más porque ella haya tomado la inmoral decisión de hacer algo con su pelo. No sé si me explico: no mueren casi todos los protagonistas –al estilo de Hamlet– ni se fuerza ninguna situación de manera artificiosa para dar una lección de moral al espectador. Porque es bien sabido que quien tiene miedo a la muerte, también lo tiene a la vida. Y son siempre los enfermos de mala conciencia –si me permiten la expresión– los que ponen trabas a la felicidad propia y ajena. Isabel Coixet, lejos de dar lecciones de moral prefiere, en cambio, transmitir optimismo y amor a la vida a base de profundizar, con una actitud realista y con esmerada sensibilidad y delicadeza, en la autenticidad de los sentimientos de su personaje.

Y es aquí donde aparece el hedonismo al que hacía referencia más arriba. Porque Ann, en lugar de perder el tiempo lamentándose de su mala suerte, decide aprovecharlo para vivir nuevas experiencias antes de morir. Después de todo, ¡aún está viva! Por supuesto no olvidará atar algunos cabos para que la vida de aquellos seres queridos que le van a sobrevivir sea lo más feliz posible.

Por otra parte, para conjurar esa ausencia a la que la propia condición de la muerte nos aboca –para que esa ausencia no sea completa–, Ann graba en cintas de casete una serie de mensajes para sus hijas: es su manera de seguir acompañándolas, aun después de morir, a lo largo de su crecimiento personal. Mensajes llenos de cariño, de amor, de sensatez y de buenos deseos. Porque quizá la vida no tenga sentido, pero sí lo tiene la responsabilidad de todos de hacer un poquito mejor este mundo, empezando por aquello que tenemos más próximo. «Ahora tienes que ser feliz, cuidar de las niñas y hacer que también sean felices. Inventa un cielo para mí, que no se pongan tristes al recordarme. Háblales de las grandes cosas que hicimos juntos». No es difícil comprender que uno de los mayores regalos que podemos hacer a nuestros hijos es el de despertar en ellos la fuerza de la imaginación.

Por último, Ann reza; no sabe a qué ni a quién, pero reza. No lo hace por la salvación de su alma, quizá porque no la atormentan ángeles ni demonios, sino pensando en lo mejor para su familia.

En otro orden de cosas, es casi imposible soslayar los puntos de contacto existentes entre esta cinta y otras que tratan la crónica de una muerte anunciada. Citemos tan solo dos, situadas en los polos opuestos del buen hacer cinematográfico. Por una parte, la excepcional y más que recomendable Vivir (Ikiru, Akira Kurosawa, 1952), que bien podría ilustrar un monográfico sobre la vida y el sentido que todos deberíamos dar a la nuestra. Y por otra, la prescindible Mi vida (My Life, Bruce Joel Rubin, 1993). Con ambas, la cinta de Coixet tiene marcadas coincidencias en su planteamiento y en algunos de sus recursos argumentales; pero la película de Rubin incurre en todos los errores que Coixet tiene mucho cuidado de obviar, como las concesiones al patetismo y al melodrama facilón y manido, sin ningún rasgo original, sin ningún aliciente para mantener la atención del espectador.

No quiero cerrar el artículo sin mencionar algunos rasgos de la extraordinaria galería de personajes secundarios que arropa el magnífico trabajo de Sarah Polley:

Don (Scott Spedman). Es el joven marido de Ann, excelente padre pero algo superficial y sin demasiadas luces (en ningún momento se preocupa por averiguar qué medicinas toma su mujer ni insiste en acompañarla al hospital); pero un buen tipo, al fin y al cabo, que se redime cuando le dice a su mujer que le gustaría ser mejor para ella.

La madre de Ann (Deborah Harry, la sensual y bellísima vocalista de Blondie). Trabaja como repostera en un hotel. Paradójicamente, se dedica a endulzar la vida de los demás mientras ella vive con bastante amargura; quizá por su notoria falta de fe en sí misma. Su película favorita es Alma en suplicio (Mildred Pierce, Michael Curtiz, 1945), lo cual dice mucho de cómo se ve a sí misma y también de cómo vive la relación con su hija (a la que parece culpar de todos sus males).

Lee (Mark Ruffalo). Es el chico que se enamora de Ann. Tiene el corazón roto y la casa vacía. Su anterior pareja lo dejó sin amor y sin muebles. A través de él, Coixet nos recomienda la música de Blossom Dearie y dos novelas: Middlemarch, de George Eliot (es decir, Mary Ann Evans), y Hacia la boda, de John Berger, de la que Lee dice que es una novela bellísima pero triste (que es una manera escueta, pero brillante, de definir también la propia película de Coixet).

Ann, la enfermera (Leonor Watling, que realiza un trabajo extraordinario e intenso, a pesar de la brevedad de su papel). Es la nueva vecina de Ann (como ven, comparte nombre con la protagonista), y la mujer que esta escoge para nueva compañera de su marido y madrastra de sus hijas; al menos, a ella le gustaría que así fuera.

Laurie (Amanda Plummer). Su amiga y compañera de trabajo. Reduce todo su universo vital al mundo de las dietas y a su obsesiva preocupación por la comida.

La peluquera (María de Medeiros). Obsesionada también con futilidades tales como las trencitas. Vive estresada a causa de su trabajo, y preguntar a alguien si le gusta Milli Vanilli lo considera una pregunta personal.

El Dr. Thompson (Julian Richings). Es quien comunica la funesta noticia a Ann, pero nunca ha tenido fuerzas para sentarse frente a alguien y decirle que va a morir. Es también quien convierte a Ann en adicta a los caramelos de jengibre.    

El padre de Ann (Alfred Molina). Está recluido en la cárcel, donde trabaja haciendo zapatillas. Antaño, mientras se alejaba de su casa cuando iba a trabajar, le gustaba oír La Serenata de las mulas; y hace una pequeña disertación sobre las dificultades de amar a los demás como estos quieren ser amados.

Penny y Patsy (Jessica Amlee y Kenya Jo Kennedy). Son las pequeñas hijas de Ann. Con esa sabiduría que caracteriza a todos los niños pequeños, entienden la vida como un juego en el que derrochar imaginación. Siempre dicen lo que piensan (y sin necesidad de planteárselo en una lista de buenos propósitos).

En definitiva, Mi vida sin mí (Isabel Coixet, 2003) es una lección de amor a la vida difícil de olvidar; porque «la vida vale más de lo que crees, amor mío».


En ausencia de Ann (Mi vida sin mí, de Isabel Coixet). Artículo corregido sobre el publicado en la revista de cine Versión Original en septiembre de 2010 (n.º 185, monográfico: La ausencia).


Miguel Bravo Vadillo

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