Relato corto de Maupassant: La dote

Hoy os ofrecemos un relato corto de uno de los grandes cuentistas decimonónicos: Guy de Maupassant, a quien muchos conocen como el Chéjov francés.

Al final del cuento puedes leer un comentario del periodista chileno Ernesto Bustos Garrido, que además se ha encargado de seleccionar esta narración para los lectores modelnos.

Relato corto de Guy De Maupassant: La dote

A nadie causó sorpresa la boda de Simón Lebrumet, notario, con Juanita Cordier. El señor Lebrumet hacía gestiones con el señor Papillon para que le traspasara la notaría. Claro que necesitaba dinero; y la señorita Cordier tenía una dote de trescientos mil francos, disponibles en billetes de Banco y en títulos al portador. A Lebrumet era bien parecido, agradable, gracioso; todo lo gracioso que puede ser un notario, pero gracioso a su manera, cosa extraña en Boutigny–le–Revours.

La señorita Cordier tenía la frescura y el atractivo de los pocos años; frescura un poco basta, campesina, y atractivo provinciano; pero, en conjunto, era una bonita muchacha, bastante apetecible.

La ceremonia del casamiento puso en conmoción a todo Boutigny.

Fueron muy admirados los novios cuando al salir de la iglesia iban a ocultar su dicha bajo el techo conyugal, decididos a irse luego algunos días a París, después de saborear las dulzuras del matrimonio en el retiro de su casa.

Y los primeros aleteos de su amor fueron verdaderamente seductores, porque Lebrumet supo tratar a su esposa con una delicadeza, una ternura y un acierto incomparables. Era su divisa: “Todo llega para quien sabe aguardar”. Supo, al mismo tiempo, ser prudente y decidido. Así triunfó en toda la línea, consiguiendo en menos de una semana que su esposa lo adorase.

Juana ya no sabía vivir sin él; no se apartaba de su lado un solo instante, agradeciéndole sus caricias. Él se la hubiera comido a besos; le sobaba las manos, la barbilla, la nariz… Ella, sentada sobre sus rodillas, lo cogía por las orejas, diciéndole:

–Abre la boca y cierra los ojos.  

Simón abría la boca, satisfecho, entornaba los párpados y recibía un beso dulce, sabroso, largo, que le cosquilleaba en todo el cuerpo.

Les faltaban ojos, manos, boca, tiempo; les faltaba todo para realizar las múltiples caricias que imaginaban.

A los pocos días, el notario dijo a su mujer:

–¿Quieres que vayamos a París mañana? Como dos amantes, recorreremos los teatros, los restaurantes, los cafés cantantes, los merenderos con gabinetes reservados al amor clandestino…

Ella estallaba de gozo.

–Sí, sí, sí; vayamos lo más pronto posible.

Él prosiguió:

–Como es necesario atender a todas las cosas, le dirás a tu padre que hoy mismo te haga entrega de tu dote. La llevaremos para pagarle al señor Papillon el traspaso de la notaría.

Ella, convencida, respondió:

–No tengas cuidado; ahora mismo, si quieres.

El beso que los unió estrechamente no acababa nunca.

Y al otro día, el padre y la madre de la novia los despidieron en la estación del ferrocarril.

El viejo razonaba:

–Me parece una imprudencia llevar tanto dinero en el bolsillo. Se les puede perder la cartera, les pueden robar…

Y el joven yerno sonreía…

–Tranquilícese usted. Estoy muy acostumbrado a llevar sobre mí valores de importancia. Ya sabe que los notarios nos vemos obligados a manejar las fortunas de los clientes, y con frecuencia viajamos con un millón en los bolsillos. Vale más hacerlo así; cuesta menos tiempo, menos molestia y se ahorran los giros. Tranquilícese usted.

Un mozo de la estación gritaba:

–¡Señores viajeros, al tren!

El matrimonio subió a un vagón en el cual había dos viejas.

Lebrumet murmuró al oído de Juana:

–¡Qué aburrimiento! No podré fumar.

Ella respondió:

–Tampoco me divierte la compañía; ya comprenderás el motivo…

Silbó la locomotora, y el tren se puso en marcha. El trayecto era corto, y los novios apenas hablaron, aburridos de ver a las dos viejas con los ojos muy abiertos. No podían permitirse ninguna libertad.

Llegados a la estación, el notario dijo a su mujer:

–Si te parece, almorzaremos ahora en el bulevar y luego volveremos tranquilamente a recoger el equipaje para dejarlo en el hotel.

A ella le pareció magnífico el proyecto.

–Sí, sí; almorzaremos en un restaurante. ¿Está muy lejos?

Él respondió:

–Sí, está un poco lejos. Pero el ómnibus lleva descansadamente a todas partes.

Juana se permitió advertirle:

–¿No sería más cómodo un coche?

Y él gruñía, sonriendo:

–¡Un coche! ¡Lo más caro! Por cinco minutos, ¡un coche! Hay que hacer economías.

–Tienes razón –contestó la mujer, un poco avergonzada.

Avanzaba un ómnibus, al trote de los caballos, y Lebrumet, al verlo, gritó:

–¡Conductor! ¡Eh, conductor!

El pesado vehículo se detuvo, y el joven notario, empujando a su mujer, le dijo rápidamente:

–Anda, entra en el interior; yo iré arriba para fumar siquiera un cigarrillo antes que almorcemos.

Juana hubiera querido responderle, pero no pudo; el conductor, cogiéndola de un brazo, la embutió en el coche, y ella se vio de pronto sentada, mirando con asombro, por la ventanilla de atrás, los pies de su marido que se encaramaba en la imperial.

Se quedó inmóvil, sobrecogida, entre un señor gordo que olía desagradablemente a pipa sucia y una vieja que apestaba también.

Los demás viajeros, alineados y silenciosos, eran: un dependiente de ultramarinos, un sargento de Infantería, un caballero de lentes de oro y sombrero de alas enormes abarquilladas como canales, dos señoras cuya expresión altanera y arisca parecía decir: “Estamos aquí, pero valemos infinitamente más que ustedes”. Tres hermanas de la Caridad, una mocita y un enterrador; todos parecían caricaturas de un museo grotesco, de una serie de reproducciones irónicas del rostro humano, semejantes a las filas de muñecos en los «pim-pam-pum» de las ferias.

La trepidación del coche sacudía sus cabezas haciendo retemblar sus lacias mejillas, y el ruido de las ruedas, aturdiéndolas, los hacía parecer idiotizados o adormecidos.

Juana, inmóvil, decía para sí: “¿Por qué no ha entrado conmigo? ¿Tanto le apremiaba el deseo de fumar?”.

Y una tristeza vaga la invadía.

Las hermanas de la Caridad hicieron al conductor una seña para que mandase parar el ómnibus.

“Es más lejos de lo que yo supuse”, pensaba la señora Lebrumet.

Bajó el enterrador y ocupó su asiento un mozo de cuadra que olía, y no a rosas. Al irse la mozuela, entró un mozo de cordel apestando a sudor agrio.

Juana sentía cansancio, inquietud, disgusto, ganas de llorar, sin saber por qué.

Se apearon más viajeros y subieron otros; el ómnibus recorría calles y calles, deteniéndose de cuando en cuando en una estación.

“¡Qué lejos vamos!”, pensaba la novia. “¿Se habrá distraído Simón? ¿Se habrá dormido? ¡Estaba hoy tan fatigado!”.

Poco a poco se fue quedando sola. El conductor dijo:

–¡Vaugirard!

Y como la viajera no se movía, repitió:

–¡Vaugirard!

Entonces Juana comprendió que a ella se dirigía el empleado, quien, al verla inmóvil, dijo por tercera vez:

–¡Vaugirard!

La novia no pudo contener esta pregunta:

–¿En dónde estamos?

Y el conductor, malhumorado, contestó:

–Estamos en Vaugirard; lo he dicho veinte veces.

–¿Falta mucho para el bulevar?

–¿Qué bulevar?

–El de los italianos.

–¡Hace tiempo que pasamos por él!

–¡Oh! ¿Tiene usted la bondad de avisar a mi marido?

–¿Su marido? ¿Cómo?

–Está en la imperial.

–En la imperial no hay nadie.

Juana tembló, espantada.

–¿Es posible? Yo lo vi subir. Mire usted, por favor. Está, sin duda.

El empleado contestó groseramente:

–Basta de músicas, por cada hombre que pierdas encontrarás diez. Lárgate. Se acabó; en la calle hay muchos hombres; no te será difícil agarrarte a otro.

Con lágrimas en los ojos, la novia insistía:

–Le aseguro a usted que se equivoca; no puede haberse ido; es mi esposo; llevaba una cartera debajo del brazo.

El conductor se puso a reír.

–Un caballero con una cartera, sí; en la Magdalena se apeó. Bien te ha plantado. Ja…, ja…, ja…

Juana bajó del coche, y no pudiendo convencerse de lo sucedido, dirigió los ojos instintivamente a la imperial. No había nadie.

Rompió a llorar, y sin tener presente que la miraban, que la oían, dijo en voz alta:

–¿Qué será de mí ahora?

El inspector se acercó preguntando:

–¿Qué sucede?

Y el conductor le dijo en son de burla:

–Que se le ha escapado a esta señora… su marido en el trayecto.

–Está bien. Andando.

Y volvió la espalda.

Entonces la novia se alejó de allí, demasiado despavorida y demasiado desesperada para comprender lo que le ocurría. ¿Adónde ir? ¿Qué hacer? ¿Cómo fue posible aquel error, aquel olvido, aquel desprecio, aquella inverosímil distracción? Sólo llevaba dos francos en el bolsillo. ¿A quién dirigirse? De pronto recordó a su primo Barral, jefe de sección del Ministerio de Marina.

Tenía lo suficiente para una carrera de coche; tomó el primero que pasaba desalquilado, y se hizo conducir a casa de su primo. Cuando ella entraba, él salía, encaminándose al Ministerio. Llevaba, como Lebrumet, una cartera debajo del brazo.

Juana se apeó gritando:

–¡Enrique!

Él se detuvo, asombrado.

–¡Juana! ¿Tú aquí? ¿Sola? ¿Qué haces? ¿Qué ocurre? ¿Cómo vienes?

Ella balbució, llorando:

Acabo de perder a mi marido.

–¿Perderlo? ¿En dónde?

–Sobre la imperial de un ómnibus.

–¿En un ómnibus? ¡Oh!

Entre sollozos, Juana refirió su aventura.

El primo escuchaba, reflexivo, y preguntó:

–¿Estaba sereno esta mañana?

–Sí.

–¿Llevaba mucho dinero en el bolsillo?

–En una cartera, mi dote.

–¡Ah! ¿Tu dote?

–Sí; veníamos a pagar el traspaso de la notaría.

–Pues bien: tu marido, a estas horas, ya está camino de Bélgica.

Ella no comprendía por qué, y sollozó:

–¿Mi marido?… ¿Camino de Bélgica?

–Te ha estafado la dote. Ha huido con todo tu dinero. La cosa es clara.

Ella quedó en silencio, sofocada y aturdida; luego murmuró:

–¡Es…, es…, es un miserable!

Desfallecida, cayó en los brazos de su primo. Como llamaban la atención de los transeúntes, que ya se detenían para observarlos, él, suavemente, la condujo hacia su casa, y la hizo subir la escalera.

La criada que les abrió la puerta, muy sorprendida, recibió este recado:

–Corre al restaurante y di que traigan pronto dos cubiertos. Hoy no iré a la oficina.

“La dote”, cuento de Guy de Maupassant

(Análisis de Ernesto Bustos Garrido)

“La dote” es un cuento que narra un episodio triste y desalentador, pero más que nada envuelve una traición: la del esposo que le roba la dote a su mujer. Asimismo, el autor realiza una fuerte crítica de la institución de “la dote”, esa cantidad de dinero y de bienes que toda novia debía aportar a su matrimonio, Maupassant dice que es una práctica obsoleta que debe ser eliminada, pues discrimina y abre el camino al abuso. La pareja formada por Simón Lebrumet y Melle Cordier están recién casados, y después de una luna de miel llena de almíbares, la pareja realiza un viaje a París. El esposo ha tramado este viaje con el fin de robarle la dote a su joven mujer.

¿Cómo lo hace? Con mucha sangre fría y astucia. Lo ocurrido lleva a pensar que el individuo lo planeó antes de casarse. Buscó a una muchacha de provincia un poco simple, la ha enamorado y ahora quiere birlarle el dinero que ha recibido de su familia. La idea del ladrón es engañarla, diciéndole que con ese dinero podrían comprar una notaría que está al venta. En el texto se menciona un traspaso. El es un joven notario, pero desea independencia y por eso necesita adquirir la franquicia y la propiedad donde está instalada. Eso dice el relato. La esposa está ciega y accede a pasarle su dote.

Los padres de Jeannette desconfían del anuncio y plantean que es muy peligroso cargar tanto dinero –unos trescientos mil francos– en papeles (billetes) en ese viaje a la Ciudad Luz. Lebrumet responde que no hay peligro. El está acostumbrado a cargar con los valores de sus clientes. Les asegura que todo estará bajo su control. Su joven esposa le cree y es todo ojos y corazón para él, que ha sido muy cariñoso durante las primeras semanas de casados. El la llena de arrumacos. Ella no sabe dónde ponerse. La tiene, así, en sus redes.

Este es el arranque donde Maupassant da a conocer la situación y su génesis.  Está expuesto, a veces friamente, a veces de manera calculada. Está escrito de la sigiente manera:

–“A nadie causó sorpresa la boda de Simón Lebrumet, notario, con Juanita Cordier. El señor Lebremet hacía gestiones con el señor Papillon para que le traspasara la notaría. Claro que necesitaba dinero, y la señorita Cordier tenía una dote de tescientos mil francos, disponibles, en billetes de Banco y en títulos al portador”.

Este texto inicial nos permite saber del matrimonio y los proyectos del marido. El traspaso de la notaría cuesta un dineral. La novia por su parte ha recibido de sus padres una dote de trescientos mil francos. Ahí estaría resuelto el problema del dinero. ¿Cómo obtenerlo?

Después del arranque el narrador describe a los novios, de acuerdo a su carácter y apariencia. Luego hace un breve raconto y describe la boda a grandes rasgos y la luna de miel.

Enseguida, el siguiente paso es dar a conocer el nudo, es decir, la forma cómo el notario se apodera de los trescientos mil francos de su mujer. Es en suma, su canallada, su maldad, y la sangre fría con que actúa.

Y uno reflexiona, no obstante sabiendo que esto es ficción, si hay en este mundo, personas como Simón Lebrumet, capaces de robarle a su mujer, ya no para conseguir el traspaso de la notaría, sino, quizá, para gastar el dinero en cualquier otro fin o capricho.

Labrumet, una vez que le ha echado mano al dinero, huye, dejando a Melle sola, en un barrio de La Ville, que es desconocido para ella. El se ha llevado todo el dinero. A ella le ha dejado unas pocas monedas. Apenas le alcanza para tomar un tranvía o un carruaje de alquiler. Lo que ha hecho el hombre no tiene nombre. Por último, si se hubiera huido para juntarse con otra mujer –un caso curioso de infidelidad– se podría ser más indulgente con él, pero ha sido un salteador de la peor calaña, además notario y hombre de cuello y corbata.

Reflexión: ladrones hay en todas partes, o como reza el dicho: en todas partes se cuecen habas.

El cierre resulta también inesperado. Se observa el oficio del autor: la joven Melle va hasta el centro de La Ville en busca de ayuda. Tiene un pariente. Es el primo Barral que trabaja en una dependencia de la Marina. Este se sorprende de su aparición, pero luego de conocer el despojo y el abandono, la acoge. La ve sola, frágil, desvalida, entonces es presa fácil para este galán.

Otra reflexxión: La señorita Cordier sale del fuego para caer en las llamas. ¡Que mala suerte ha tenido, y siendo tan amorosa! 8.05.2020

Nota El cuento La Dot, en francés, se publicó el 9 de septiembre de 1884 en la Revista “Gil Blas”. En la edición chilena de la Editorial Andrés Bello, la joven esposa aparece con el nombre de Juanita Cordier. El primo es de apellido Barral. En la mayoría de las ediciones francesas lleva por nombre Henry.

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