La épica del espectáculo. O el remake de un sueño | Miguel Bravo Vadillo

                                                                                  «Al no existir un referente previo

                                                       (aunque sí una novelización  posterior que llegó a

                                                       traducirse al  español), Kong es hoy, y lo ha sido

                                                       siempre, un fenómeno inseparable de su primera

                                                       imagen».

                                                                 TERENCE MOI.

Escoger un remake para este número fue sencillo una vez que quien esto escribe depuró en su fuero interno qué cosa es un remake. Según mi parecer, un remake debe ser una versión actualizada de una película anterior con guion original que mantenga el mismo argumento pero que ofrezca, a su vez, algunos elementos nuevos con una clara intención (o vocación) de mejorarla (otra cosa es que lo consiga o no). Sin esa intención de mejorar el producto original, a la vez que se acerca a la sensibilidad del nuevo espectador, el remake resultaría fallido y carente de interés, es decir, innecesario. En ningún caso, una nueva versión cinematográfica de una obra literaria, aunque esta haya sido llevada al cine con anterioridad, puede ser considerada como un remake. Luego ningún Drácula –por poner un ejemplo llevado innúmeras veces al cine– es un remake de otro anterior. En rigor, todos ellos serían distintas adaptaciones de la misma obra literaria original (en este caso la novela de Bram Stoker). Lo mismo cabe decir de todas las adaptaciones cinematográficas que se han hecho de novelas de más o menos éxito, y cuyos personajes son, igualmente, más o menos conocidos. No hay espacio en estas líneas para consignarlas todas, pero creo que la cosa ha quedado ya bastante clara. Ante todo, debemos buscar un guion original. Por ejemplo, Vanilla Sky (Cameron Crowe, 2001) es un claro remake de Abre los ojos (Alejandro Amenábar, 1997), como Brothers (Jim Sheridan, 2009) lo es de la danesa Hermanos (Brodre, Susanne Bier, 2004). Sin embargo, podemos tomarlos como versiones innecesarias, pues no tienen vocación por mejorar la película original en que se basan, sino la clara intención de hacerlas más comerciales en un mercado (el norteamericano) donde el cine europeo no tiene la distribución que todos quisiéramos.

King Kong, película, remake

Llegados a este punto me decidí por un remake (un verdadero remake) de los que más me han impactado en los últimos años. Me refiero a King Kong (Peter Jackson, 2005), una impresionante actualización de la cinta homónima de 1933, dirigida por Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack. Desde luego la cinta de Jackson también tiene una clara vocación comercial (amigos, hay que recuperar el titánico presupuesto de la película), pero su intención de mejorar el clásico original es indiscutible. No obstante, el argumento es esencialmente el mismo en ambas películas. Es bien sabido que la idea principal de la película de Cooper consistía en hacer una recreación del mito de La Bella y la Bestia, pero haciendo hincapié en la espectacularidad de la historia. La idea original de hacer que la bestia fuese un gorila gigante, el rey de un mundo perdido –una isla que no ha seguido las leyes naturales de la evolución y donde todo allí es gigantesco, menos los asustados miembros de la tribu indígena–; un gorila gigante, decía, que se encapricha de una chica rubia y es capturado por una expedición de cineastas y marinos para llevarlo a Nueva York, donde será abatido por aviones en lo alto del Empire State Building es tan delirante como genial. A partir de este planteamiento, el espectador puede sacar las conclusiones que considere oportunas sin necesidad de que queden explícitas en el filme.

El gigantesco gorila es, por tanto, una bestia capaz de sucumbir ante la belleza o, más concretamente, ante las emociones que la belleza provoca en él. Pero son, sin duda, su ingenuidad y su capacidad para la emoción las que hacen que Kong nos caiga simpático y lo veamos como una indefensa víctima de la ambición humana. Por supuesto también se hace evidente en la película el viejo conflicto entre la ciudad y la naturaleza. Kong era un rey en su hábitat natural, pero un animal acorralado y abocado, sin remedio, a su destrucción final en la ciudad, donde, como diría su propio captor, fue llevado como un esclavo para vivir sujeto por cadenas de acero. Será, precisamente, en lo alto del Empire State –símbolo de la prepotencia de nuestra civilización– donde Kong se percate de que ha llegado su final, pues no puede luchar contra las avanzadas armas de fuego del siglo XX, tan desconocidas para él como enormemente destructivas. Esos pájaros de hierro no son como los de su isla: han desarrollado métodos para disimular su cobardía y disparan punzantes proyectiles desde una precavida distancia, sin necesidad de acercarse al adversario. Pero el gigante, antes de morir, aún consigue despedirse con ternura de aquello que más ama, hecho que parece constatar la bondad de sus sentimientos. La suya es una muerte bella y heroica. En cuanto a las cadenas destinadas a someter a Kong, claro está, podemos tomarlas como metáfora de otras muchas realidades que no pueden ofrecer al lector ninguna dificultad para su interpretación. Se trata de la civilización esclavizando a las fuerzas de la naturaleza. Ahora pienso que si Rousseau levantara la suya, ¿no tomaría, acaso, a Carl Denham como la cabeza visible de la verdadera bestia?

King Kong, película, remake

El escritor y cinéfilo Terenci Moix consideró el filme como una alegoría del hombre desplazado, del hombre «que no encuentra su lugar dentro de una sociedad que ha sacrificado la sencillez de las emociones básicas en pos de un mercantilismo egoísta, feroz y depredador» (véase La gran historia del cine, editada por Abc). En dicha obra hace interpretaciones muy certeras del mito de Kong, pero también intercala algunas que, a mi parecer, se desvían hacia cuestiones más personales y menos acertadas. Lecturas freudianas aparte, Kong es, ante todo, una metáfora de la soledad más insondable, ya que prefiere morir intentando recuperar a su compañera antes que vivir solo en su isla (no olvidemos que es el último de su especie).

King Kong, película, remake

A su vez, Cooper parece plantear la posibilidad de que una amenaza mayor que la Gran Depresión, un Gran Gorila (un monstruo sumamente destructivo), pudiera cernirse sobre la ciudad de Nueva York. Incluso una interpretación diferente podría presentarnos a Kong como una metáfora de la propia crisis, que todo lo destruye a su paso. Otra interpretación, situada en las antípodas de las más comunes, y quizá más superficial y menos afortunada, sería considerar que el verdadero progreso (fruto del ingenio, ese don que nos entregó Prometeo bajo la apariencia del fuego) siempre vencerá a la fuerza bruta y sus  torpes promotores. Por supuesto podemos hacer también una lectura más intimista y poética. Hemos dicho que Kong es un dios temido en su isla, fuerte como cualquiera es fuerte en su retiro, en su torre de marfil, donde solo debe luchar contra los fantasmas de su propia conciencia, como el propio Kong lo hace con monstruos similares a sí mismo. Cuando Denham lo lleva a la gran ciudad de los rascacielos, lo desplaza de su verdadero hábitat (como, al decir de Platón, las almas fueron arrancadas de un mundo ideal y arrojadas a la tierra), y ahora el temible gigante debe luchar con fuerzas que le son absolutamente desconocidas; en Nueva York no consigue hallar su verdadero lugar, es un ser inadaptado, como lo somos tantos en este mundo.

King Kong, película, remake

Pero como estoy dispuesto a tirar la casa por la ventana, vaya una lectura más, ahora de marcados tintes ecológicos. Y es que, al igual que hace Kong contra los aviones, la Naturaleza también da sus manotazos de vez en cuando, ya sea en forma de terremoto, de temporal, de volcán o de rayo, avisando de que no está vencida del todo y de que, posiblemente, al final vencerá; y lo hará porque la civilización es, al fin y al cabo, la peor enemiga de sí misma. A la Naturaleza no hay que dominarla a toda costa, sino cuidarla y mimarla, aprendiendo a convivir con ella. Dicho de otra manera, hay que ponerse de su parte para que ella se ponga de la nuestra. No hay otra forma de aprovechar sus recursos y sus sabidurías. Esa es una lección que aún deben aprender los hombres (seres naturales, después de todo), y más vale que la aprendamos pronto; porque al cambio climático no se lo vence con una ametralladora.

En cualquier caso, y según mi opinión, la belleza no está en este mundo para matar a nadie, sino que es, ante todo, una razón de vida. Es por esto que también nos duele la muerte de Kong, porque hemos intuido belleza en su corazón, y porque en el fondo del nuestro sabemos que nosotros mismos somos sus verdugos, nuestra propia civilización lo ha matado. No hemos matado a una bestia, sino a un animal hermoso por su ingenuidad, y no lo ha matado la belleza, sino todo aquello que destruye la belleza: el puro mercantilismo y la sociedad convertida en esclava de ese mercantilismo. Si la belleza hubiese matado a la bestia (como dice el cínico Denham, que ve el mundo al revés) no nos dolería la muerte de Kong, todo lo contrario, sería motivo de regocijo. Pero sucede que ha sido la bestia la que ha matado a la belleza, y eso sí duele. La bestia de una civilización capitalista (por otra parte, víctima de sus propios excesos) que todo lo somete a sus criterios de ambición, afán de lucro y poder ha matado a la belleza de un corazón que tan solo se mueve por instintos puramente naturales (el de la búsqueda de lo bello y el de la defensa de su propia integridad física). Ninguno de estos instintos es reprochable. El único personaje reprensible de la película es Denham y todo cuanto él representa –esa sociedad consumista que es incapaz de hacer una reflexión responsable sobre los límites del espectáculo, y que está dispuesta a pagar lo que haga falta por cualquier novedad que añada algo de emoción a la aburrida existencia de los individuos que la componen–. E igualmente reprensibles son aquellos que acompañan a Denham en el barco y actúan bajo su batuta sin plantearse siquiera la moralidad de lo que están haciendo. Cierto que son tiempos difíciles, los de la Gran Depresión, y los hombres también deben pensar en su propia supervivencia; quizá esa sea la alegoría final: la lucha de las distintas especies por la supervivencia (y aquí sería donde entrarían en juego las teorías darwinistas en todo su esplendor). En cualquier caso, la mayoría de estos personajes –con Denham a la cabeza–, más que en sobrevivir, piensan en satisfacer una ambición desmedida y siempre despreciable.

King Kong, película, remake

Pues bien, el argumento del filme, como vemos, es más complejo de lo que parece a priori, y ofrece múltiples lecturas. La dirección es excepcional, con las dosis precisas de suspense, miedo y acción en perfecto equilibrio. La música del mítico Steiner se ajusta a la acción como un guante. Los efectos especiales (Willis O’Brien y Ray Harryhausen) son los mejores de su tiempo. Y el resultado final es una película francamente espectacular. Denham quiere ofrecer algo «realmente grande» al mundo, como bien dice en su rol de director, aunque no ofrezca más que mentiras y desolación; Cooper y Schoedsack, en cambio, nos ofrecen una película que, desde muy pronto, fue considerada una obra maestra indiscutible.

¿En qué puede superar, entonces, el remake de Peter Jackson a la versión original? Pues muy sencillo: en todo. Y puedo decirlo sin la sensación de cometer ningún sacrilegio. Comparar la versión original con la actual es como comparar las pinturas rupestres con la bóveda de la Capilla Sixtina. Amigos, no hay color; y no lo digo en sentido literal. Vistas en pantalla grande, la textura de la versión de Cooper es indefectiblemente acartonada y más propia del cine de clase B, mientras que la de Jackson se convierte en una experiencia visual única. Pero no para aquí la cosa: todos los personajes ganan en profundidad en el remake, incluso Jackson crea algunos nuevos que lo enriquecen y lo hacen más complejo, a la par que desarrolla situaciones que hacen más compresible la época en que se desarrolla la acción. Pero también utiliza diálogos más ingeniosos e incisivos (por ejemplo, Denham se presenta a Ann con esta frase: «Soy un hombre de fiar, soy productor de cine»), introduce mayores dosis de humor y sarcasmo (como enjaular al guionista interpretado por Adrien Brody, asimilándolo a un animal salvaje o a un bicho raro) o incrementa la belleza y espectacularidad de cada escena hasta el límite mismo de lo soportable. Por otra parte, los guiños y homenajes a la versión de Cooper (a la que Jackson trata con admiración y respeto, siendo siempre fiel a su espíritu), son introducidos de manera tan original e inteligente que no desvirtúan en absoluto el hilo argumental del filme; es más, en algunos casos me recuerdan, salvando las distancias, a los recursos que empleó Cervantes a la hora de enfrentarse a la segunda parte de su Quijote, en la que, habida cuenta del éxito que tuvo la primera parte, arranca la narración asumiendo la fama y notoriedad de sus personajes: don Quijote se encuentra, así, con que es un personaje célebre en el supuesto mundo histórico, que no deja de ser aún ficción literaria. De modo similar, Jackson introduce en su película, como parte de la ficción, los nombres reales de Cooper y Fay Wray, director y actriz de la versión de 1933, o un diálogo entre Ann Darrow y Bruce Baxter (la única vez que hablan entre sí) que es cogido también de la versión original, solo que aquí se utiliza como ficción dentro de la ficción, y a través del tamiz de la realidad (por un momento Ann Darrow está interpretando a Fay Wray que interpreta a su vez a Ann Darrow, ante la atenta mirada del autor ficticio del diálogo, interpretado aquí por Adrien Brody). En fin, estos y otros recursos estilísticos dotan al remake de Jackson de una complejidad y una trascendencia artística muy superiores a la versión original, a la vez que conserva una entidad propia que no traiciona en ningún momento. Dicho de otro modo, Jackson aprovecha de modo inteligente y sutil la existencia de la versión original en beneficio de su propia historia, y sin detrimento de la misma, pues consigue sorprendernos a pesar de que todos conocíamos su final.

Pero el remake del año 2005 no solo homenajea al Kong original, sino también al cine en sí mismo (y a su propia historia), al mundo del teatro e incluso al de la literatura: no dejen pasar el detalle de la novela que está leyendo Jimmy (el tripulante más joven); se trata de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, novela en la que se basó Coppola para realizar su aclamada Apocalypse Now, y que aquí utiliza Peter Jackson para establecer ciertos paralelismos entre los posibles significados ocultos de esa novela y los de su propia película.

Por otra parte, cabe señalar que muchas de las percepciones que el espectador tiene del filme de 1933 no se muestran en el mismo de manera explícita, sino que nacen en la propia imaginación del espectador, quien de alguna manera llega a recordarlas sin que estas hayan sucedido realmente. Esto no es malo, en absoluto, quizá todo lo contrario. Pero tampoco podemos quitarle mérito al trabajo glosador y definitivo de Peter Jackson. Por ejemplo, el rostro de Kong en la versión original transmite muy pocas emociones, incluso ninguna, el espectador deduce qué siente en cada momento el gran gorila a través de sus acciones. En la versión actualizada, Kong puede mirar a los ojos de los demás protagonistas, y lo hace con total expresividad y verismo. Tampoco existe en la primera versión la menor comunicación entre Kong y la chica, no hay un verdadero romance, ni una relación creciente de amistad. Cooper insiste en la lectura de una relación al estilo de bella y bestia, sin que en realidad la bella sienta ninguna simpatía por la bestia; antes bien, no para de gritar cada vez que ve al monstruo, del que está deseando librarse lo antes posible. Quizá el realizador no previó la circunstancia de que el monstruo pudiera resultar simpático al espectador. Versiones posteriores (creo recordar que sucede así en la de 1976, dirigida por John Guillermin, que no la tengo muy fresca en la memoria) tienen en cuenta este hecho, y hacen que Kong, finalmente, también acabe cayendo simpático a la chica. Desde luego así sucede en la cinta de Peter Jackson, donde Ann no solo habla con Kong en algunas ocasiones, sino que consigue establecer cierta comunicación con él; y algo también muy importante: Kong termina por ganarse la confianza de Ann, a quien debe proteger en más de una ocasión durante su estancia en la isla; del mismo modo, ella intenta protegerlo a él en la ciudad de Nueva York. Esto tampoco sucedía en el filme de Cooper.

 Ann dirige la palabra a Kong en cuatro ocasiones, y ninguna de ellas es baladí. La primera tiene lugar cuando Kong la vapulea para divertirse, como si Ann fuera un juguete. Ante esto, la chica reacciona con la siguiente frase: «No, he dicho que no. Hasta aquí hemos llegado. Es todo lo que había». No me dirán ustedes que la frase y la actitud de la protagonista no les recuerda a Nora (el personaje central de Casa de muñecas, de Ibsen), cuando esta por fin se enfrenta a su marido. He aquí uno de esos homenajes al mundo del teatro, a los que hacía referencia más arriba. Kong se enfada mucho ante esta circunstancia, pero luego se calma y permite que la chica se marche. La segunda ocasión en que le dirige la palabra es para pedirle que la espere: Ann se ha percatado de que no puede sobrevivir en la isla (un mundo desconocido y demasiado peligroso para ella) sin la protección de Kong. Las otras dos veces que establecen un diálogo será para compartir la belleza de la puesta de sol: primero, en la isla; y, más tarde, en la ciudad. Es decir, se establece un diálogo sobre la belleza, uno de los instintos que mueven a Kong.

Con todo lo expuesto pretendo demostrar que Peter Jackson no solo se ha limitado a mejorar los efectos especiales (que era lo más susceptible de mejorar de la primera versión), sino que ha hecho una película más completa. Todos conocemos la importancia histórica y cultural del Kong del 33, algo que no podrá igualar jamás ningún remake por bueno que sea. Desde luego los honores han de recaer siempre en la versión original (poseedora ya de múltiples y prestigiosos galardones), porque es la base sobre la que se construyen las versiones posteriores, y, en cierto modo, siempre parece más fácil superar lo que ya se ha hecho con anterioridad, pues conocemos sus defectos. No pretendo, tampoco, convencer al lector de que la película de Jackson, a pesar de ser una versión mejorada de la de Cooper, quedará como la versión definitiva del mito de Kong. La versión definitiva es la primera, indiscutiblemente; pero sí creo que  pasará mucho tiempo antes de que alguien se atreva a hacer otro remake tan ambicioso, porque, eso sí, como remake, el de Jackson me parece fascinante y, quizá (el tiempo lo dirá) insuperable. De hecho, estoy casi seguro de que si Cooper hubiese tenido oportunidad de ver esta película, hubiese exclamado: ¡Esta es la película que soñé hacer, ahora puedo ver a Kong tal y como lo imaginé! Y es que es fácil comprender que Cooper hubo de imaginar una película distinta a la que, finalmente, pudo llevar al celuloide (cosa bastante comprensible debido a la precariedad de los medios técnicos de la época). Peter Jackson, en cambio, lleva al celuloide lo que ve en su imaginación sin menoscabo de ningún detalle.

Es cierto que la versión del 33 dejó una huella indeleble en los niños que la vieron por primera vez, y que despertó en ellos el amor por el cine (muchos no han vuelto a verla para no romper aquella magia, y conservan en su memoria una versión mejorada por la propia imaginación). Pero pregunten a un niño de hoy, un niño que haya visto las dos versiones, ¿cuál prefiere? La cosa está clara, y eso debe de significar algo. En cuanto al público adulto, Jackson se lo mete en el bolsillo con los dos primeros minutos de película. A partir de ahí, uno se relaja en la butaca y se dispone a disfrutar de tres horas de cine a sabiendas de que vamos a ver puro espectáculo (porque el director sigue esa estela de la grandiosidad que fue parte esencial del impacto que provocó en su tiempo el filme original); pero acabamos siendo sorprendidos, además, por una obra cinematográfica magistral, realizada con un excelente criterio, llena de emoción, de sorpresas, de belleza y de mensajes sobre los que recapacitar detenidamente después de la proyección. En realidad, el espectador queda satisfecho de este remake de Kong porque ve más y mejor, sin menoscabo del mensaje original.

En fin, de la misma manera que, en justicia, no podemos privar a la versión de Cooper de la consideración de obra maestra original e imperecedera, tampoco podemos, en honor a esa misma justicia, dejar de admitir (aunque no es cuestión de compararlas) que la actualización de Jackson, objetivamente, es muy superior al original. Yo creo que Peter Jackson nos ha hecho un enorme regalo, muy rentable para él, desde luego, pero del que los amantes del cine (sin ánimo de poner etiquetas sobre géneros) podemos disfrutar por el precio de una mísera entrada. Un lujo.

La épica del espectáculo, o el remake de un sueño (King Kong, de Peter Jackson). Versión íntegra del artículo que fue publicado en una versión más reducida en la revista de cine Versión Original en diciembre de 2010 (n.º 188, monográfico: Remakes).

Miguel Bravo Vadillo

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