El abogado Arthur Kirkland y la justicia (‘Justicia para todos’, de Norman Jewison) | Miguel Bravo Vadillo

«En una sociedad constituida y activada con base en el Derecho, que proclama como valores fundamentales la igualdad y la justicia, el abogado –experto en leyes y conocedor de la técnica jurídica y de las estrategias procesales– se erige en elemento imprescindible para la realización de la justicia».

Extracto del Código deontológico de la abogacía española.

El código deontológico de la abogacía española –sin ir más lejos– es un auténtico maremágnum y, como tal, está sujeto a las más dispares interpretaciones. En el Preámbulo se nos dice: «el Abogado precisa, más que nunca, de unas normas de comportamiento que permitan satisfacer los inalienables derechos del cliente, pero respetando también la defensa y consolidación de los valores superiores en los que se asienta la sociedad y la propia condición humana». Clarísimo, ¿no? Tan claro que más adelante podemos leer lo siguiente: «el Abogado posee total libertad e independencia de conocer, formar criterio, informar y defender, sin otra servidumbre que el ideal de Justicia». Es decir, el abogado debe respetar los valores superiores del ordenamiento jurídico, velar por la justicia y procurar el esclarecimiento de la verdad, pero al mismo tiempo –tal y como nos dice el propio código algo más adelante, ya en su cuerpo normativo– «el abogado está obligado a no defraudar la confianza de su cliente y a no defender intereses en conflicto con los de aquel». En fin, yo no me aclaro. ¿Qué ocurre cuando esos intereses que entran en conflicto con los del cliente son, precisamente, los de la justicia?

En otras palabras: para el abogado ¿qué debería importar más, hacer verdadera justicia o la defensa de su cliente? ¿Qué ocurre cuando los derechos del cliente y la defensa de los valores superiores sobre los que se funda la sociedad entran en conflicto? ¿De qué parte debe ponerse el abogado? ¿No cometerá una injusticia si antepone el beneficio de su cliente al esclarecimiento de los hechos que se juzgan? Para quien esto escribe (lego en la materia, al fin y al cabo) estas preguntas son fáciles de responder.

Los griegos ya lo sabían perfectamente, y cualquiera que haya leído Antígona (de Sófocles) también: lo legal y lo justo no siempre coinciden. Sin embargo, no debería ser así; ya que la ley es la herramienta de la que dispone el hombre para hacer justicia. Es decir, las leyes son el fundamento de la justicia, y un abogado es un hombre de leyes; luego un abogado debería poner todo su celo en dedicar sus conocimientos a hacer justicia. Ahora bien, habría que definir en primer lugar qué es la justicia. Tratar de hacerlo atendiendo a la opinión (en ocasiones tendenciosa) de filósofos y corrientes de pensamiento de las distintas épocas históricas resultaría improcedente por superfluo. Y eso sin tener en cuenta que algunas definiciones en torno a la justicia son de tan extravagante cinismo que resultan absolutamente patéticas.

Pero este número de Versión Original no gira en torno al tema de la justicia, sino al de los abogados. Y es, precisamente, el abogado Arthur Kirkland (interpretado por Al Pacino) quien intenta definir y aplicar la justicia en el discurso final de Justicia para todos (And Justice for All, Norman Jewison, 1979). Y lo hace –con sentido práctico y sin pretensiones metafísicas– en los siguientes términos: «¿Qué es la justicia?, ¿qué pretende la justicia? La justicia pretende lograr que el culpable sea declarado culpable y el inocente quede en libertad. Sencillo, ¿verdad? Solo que no es tan sencillo. Sin embargo, la defensa tiene el deber de proteger los derechos del individuo, como es deber de la acusación sostener y defender las leyes del estado. Justicia para todos. Solo que aquí tenemos un problema, ¿y saben cuál es?, que ambas partes quieren ganar. Queremos ganar. Queremos ganar sin que nos importe la verdad y queremos ganar sin que nos importe la justicia, sin que nos importe quién es culpable o inocente. Ganar es lo principal». Y es que, después de todo, no es la justicia, tampoco la verdad ni los valores superiores del estado de derecho (nociones abstractas todas ellas), quienes pagan al abogado. Al abogado le paga el cliente. ¿Puede existir, entonces, la justicia? ¿No tenderá la balanza que la simboliza a inclinarse del lado de aquel cuya cuenta corriente tiene más peso? ¿No estará más desprotegido aquel que tiene menos poder económico? 

Pero es entonces cuando Arthur Kirkland se atreve a acusar ante el tribunal a su propio defendido, el juez Henry T. Fleming (a quien se acusa de violación, y que anteriormente le había confesado su culpabilidad): «¿Por qué miente ella? (comienza el abogado, refiriéndose a la víctima) ¿Qué motivo puede tener? Si mi cliente es inocente, ella ha mentido. ¿Por qué? ¿Por chantaje, tal vez? No. ¿Por celos? No. Ayer descubrí por qué. No tiene ningún motivo. ¿Y saben por qué? Porque no miente. Señoras y señores del jurado, el ministerio fiscal no va a obtener la condena de ese hombre, no; porque yo la voy a obtener. Mi cliente, el honorable Henry T. Fleming, tiene que ir a escupir a la cárcel. El muy hijo de puta es culpable, ¡es culpable! Ese hombre es una basura, es un cerdo. Si sale de aquí en libertad es que en este país no hay justicia». Y estas palabras cobran mayor fuerza, si cabe, con la rabiosa interpretación del magnífico actor neoyorquino.

Es en ese momento cuando el personaje interpretado por Al Pacino se convierte realmente en un abogado. Su abuelo (interpretado por Lee Strasberg, bajo cuya tutela se formó el propio Pacino en el Actors Studio) podrá, al fin, sentirse orgulloso de él (ahora sí lo considerará un verdadero abogado y no un simple estudiante de derecho, como había hecho hasta entonces); ya que un abogado es, ante todo, aquel que defiende lo que es justo. Es decir, un abogado es (o al menos debería ser) un adalid de la justicia y no necesariamente el encargado de hacer que la ley se cumpla, a no ser, claro está, que la ley sea justa. Y la ley es justa no cuando protege al culpable de cometer un delito, sino cuando protege al inocente.

Al final del metraje, Arthur Kirkland es el único abogado de verdad que hay en la historia escrita por Valerie Curtin y Barry Levinson. Sin embargo, para ello ha debido traicionar a su cliente (defraudando su confianza y vulnerando el secreto de confidencialidad); y es de suponer que por eso no se le permitirá ejercer la abogacía a partir de ese momento. Lo cual no deja de ser una paradoja, ya que en ocasiones es imposible para el abogado hacer justicia a la par que mantiene la defensa de los derechos de su cliente. Y entiendo que esto puede colocar al abogado en una situación moral y profesional compleja, pero no equívoca; ya que para él, y por encima de cualquier otro tipo de interés, debería prevalecer la búsqueda de la verdad y el desempeño diligente de la justicia. Y nadie tiene autoridad moral para dificultar esa búsqueda y la consecuente aplicación de una sentencia justa para ambas partes: la parte agraviada y la parte agraviadora.

Adam Bonner (el abogado fiscal interpretado por Spencer Tracy en La costilla de Adán, la excelente comedia judicial de George Cukor) diría que un abogado debe hacer que se cumpla la ley (no necesariamente hacer justicia), y que si la ley es injusta lo lógico sería cambiarla, pero no burlarse de ella, no transgredirla. Sin duda hay leyes que deberían cambiarse, pero el conflicto que plantea Justicia para todos (And Justice for All, Norman Jewison, 1979) va aún más allá, hasta denunciar las fallas (técnicas y humanas) del sistema judicial: formulismos que entorpecen la correcta aplicación de las leyes; lagunas y ambigüedades en el propio texto de la ley, que permiten sutilezas interpretativas con las que a menudo se pretende rehuir la deseable aclaración de los hechos que se juzgan; abogados negligentes; jueces excéntricos o perdularios, cuyos delitos van desde obstaculizar absurdamente la práctica judicial, jugando con la vida de personas inocentes que necesitan una sentencia rápida y absolutoria, hasta cometer violaciones y asesinatos (como ocurre en el propio filme); etc. Irregularidades que provocan que algunos culpables sean absueltos y, lo que es aún peor, que algunos inocentes sean procesados y encarcelados por delitos que no cometieron.

La película de Jewison no es (por razones que no me interesa desarrollar en estas líneas) una obra maestra del séptimo arte, pero sí es una película que merece la pena ser vista por los argumentos y situaciones que plantea. Estamos ante un filme de denuncia, narrado con ironía y grandes dosis de mala leche. Un filme en el que nada es lo que parece, como ya se encarga el director de hacérnoslo ver desde los primeros planos: un pie calzado con un zapato de señora saliendo de un coche nos hace pensar en una bella mujer cuando, en realidad, se trata de un hombre travestido. O, mejor aún, un filme donde se nos muestra que cuando los adultos pierden la sana fe de los niños que un día fueron (niños cuyas honestas voces inician la película) ya nada es lo que debería ser. Sin embargo, queremos pensar que aún queda un vestigio para la esperanza, gracias a que el abogado protagonista (que mantiene incorruptible su sentido de la justicia) intenta hacer que el peso de la ley caiga sobre el verdadero culpable; aunque este sea su defendido. Ese acto de Arthur Kirkland, con el que se cierra la película, queda perfectamente vinculado al inicio de la misma, en el que esos niños a los que antes hacía referencia juran fidelidad a los símbolos y valores de una nación que defiende la libertad y la justicia para todos. Y es que, como escribiera Paul Auster en su novela La invención de la soledad, «si la justicia existe, tiene que ser para todos; nadie puede quedar excluido, de lo contrario ya no sería justicia».

*****

El abogado Arthur Kirkland y la justicia (Justicia para todos, de Norman Jewison). Versión corregida del artículo que fue publicado en la revista de cine Versión Original, en abril de 2013 (n.º 214, monográfico Abogados).

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