El nudismo de playa, en tiempos de pandemia

El nudismo playero, en tiempos de pandemia del coronavirus. Ese es el tema que encara, con buen tino, el escritor venezolano Carlos Aponte Rodríguez en este relato, “Distancia de seguridad”. Un matrimonio se dispone a disfrutar de la playa, como tantos ciudadanos. Cargan todo lo necesario:: sombrilla, sillas plegables, las palas de tenis de playa, esterillas, toallas, protector solar, muda de ropa, bocadillos de jamón, etc.

Pero a veces todo lo necesario no es suficiente…

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DISTANCIA DE SEGURIDAD (relato de Carlos Aponte Rodríguez)

El virus nos había robado la primavera, pero no estábamos dispuestos a entregarle el verano. Levantado el confinamiento, pero cerradas las fronteras, todos nos lanzamos en masa a hacer turismo nacional. Éramos muchos los que estábamos deseando ir a la playa.

A las seis de la mañana preparé lo que metería en el maletero del coche: sombrilla, sillas plegables, las palas de tenis de playa, toallas, protector solar, muda de ropa, bocadillos de jamón, cacahuetes, un tupper con tortilla y algo de fruta; la nevera llena de refrescos, agua y cerveza; el colchón hinchable con su bomba; y los equipos de snorkel con sus aletas.

Cogí todo lo que pude, consciente de que tendría que cargarlo en dos tandas. En el pasillo me encontré con una fila de seis personas que, también cargados y respetando un metro y medio de distancia de seguridad, esperaban su turno para usar el ascensor de uno en uno.

A las ocho y media regresaba a la habitación habiendo dejado todo listo. Mi mujer ya se aseaba en el baño.

A las nueve, estábamos preparados para ir a desayunar. Cogí la tarjeta-llave electrónica y, al salir, descubrimos que la fila de gente esperando para usar el ascensor ocupaba media planta.

Decidimos que no valía la pena esperar y, guardando la distancia de seguridad con el resto de los huéspedes, recorrimos el pasillo con nuestras espaldas pegaditas a la pared, como si una sierra fuera a aparecer súbitamente de la nada para partirnos en dos en el momento en que pisáramos el centro del corredor, como en las películas de aventuras, tipo Indiana Jones; hasta llegar a las escaleras, cuya puerta abrí empujando la barra antipánico con el culo.

el nudismo en tiempos del coronavirus

El estómago me rugía y la boca me salivaba al imaginar el atracón que me metería en el bufet libre. Al llegar a la sala, el maître, tras una mampara, nos preguntó en qué habitación estábamos; después de comprobarlo en una pantalla, nos informó de que no teníamos mesa reservada. Para mantener la distancia de seguridad entre los comensales, se habían visto obligados a reducir el aforo. Teníamos dos opciones: reservar una mesa que estaría disponible a las once o llevarnos la comida a la habitación. Optamos por la segunda.

La belleza del bufet libre no está en poder servirte todo lo que desees, sino en hacerlo sin ser juzgado. Pero, en aras de mantener la distancia de seguridad, se había optado por eliminar el autoservicio. Todos, en fila, debíamos pasar por turnos a lo largo de una barra dividida en varias secciones: comida caliente, fiambres, quesos, cereales, panadería, dulces, lácteos, fruta…; para pedirle a un camarero (o camarera), imposible de saber al ir todos vestidos como si fueran a practicar una operación de corazón abierto (con bata, guantes, mascarilla, pantalla de protección facial y gorro), que nos sirviera lo que queríamos. ¡No es lo mismo! Cuando pedí que pusieran sobre mis tortitas con nata unas rodajas de mortadela, chorizo y salchichón, pude ver en los ojillos semicerrados del empleado un gesto de desaprobación. Así que terminamos autocensurándonos, porque ¿quién se atreve a ordenar huevos benedictinos con brownie de chocolate, o patatas fritas con mermelada de fresa? Así que el desayuno digno de emperador romano, que habíamos imaginado por quince euros, terminó siendo una modesta refacción contenida en cuatro recipientes térmicos y unos vasos de cartón con café y zumo de naranja.

A las diez y media consumíamos nuestro desayuno en la habitación y a las once nos cepillábamos los dientes. Listos para salir, nos felicitamos por la decisión tomada, ya que de haber esperado mesa, apenas nos estaríamos sentando en ese momento.

A las once y veinte recorríamos una sinuosa carretera, que surcaba una colina, desde la que se podía admirar nuestra playa favorita y el agreste paisaje mediterráneo, de tierra rojiza salpicada por matorrales bajos entre los que sobresalían algunos palmitos, encinas y pitas. La brisa que entraba en el coche arrastraba un rico aroma, mezcla de algas marinas y tomillo campestre. El sol se reflejaba en las crestas de las olas dando la impresión de que el mar hubiera sido espolvoreado con purpurina plateada.

—¡Estamos de suerte! —le dije contento a mi mujer—. No hay muchos coches aparcados.

—Tampoco se ven muchas sombrillas en la playa —confirmó ella.

A las once y media, en la entrada del aparcamiento, un chaval en edad universitaria nos hizo señas para que nos detuviéramos. Bajé la ventanilla y, manteniendo la distancia de seguridad, nos dijo casi a gritos, debido al viento, que el aforo estaba completo. Tendríamos que esperar unas tres horas o ver si podíamos entrar en alguna otra playa cercana.

A las dos y media, después de habernos recorrido ya ciento veinte kilómetros de costa e intentado suerte en más de cinco playas y calas, decidimos hacer un pícnic bajo la sombra de unos eucaliptos.

A las tres y cuarto volvíamos a ponernos en marcha. Quince minutos después nuestra suerte empezó a cambiar; la chica que custodiaba el aparcamiento de la última playa a la que intentamos ir nos dijo dónde no tendríamos problemas de aforo.

—¡Ya nos podían haber dado ese dato desde el principio! —me comentó mi mujer, a modo de queja.

Ante mi silencio, insistió:

—¿No lo crees?

—Es que es una playa nudista —protesté, al fin.

—¿Y qué?, no vas a ver nada que no hayas visto antes.

Siempre he sido muy vergonzoso. Durante toda mi vida he rehuido de los gimnasios y las piscinas municipales por evitar tener que desnudarme en vestuarios llenos de gente. Incluso, cuando voy a un baño público a orinar, intento hacerlo en un retrete con puerta o dejando al menos un urinario vacío de distancia de seguridad respecto al usuario más cercano.

A las cuatro menos veinte aparcábamos en la susodicha playa. Cargamos con nuestros bártulos y nos dirigimos hacia una caseta, en la que una chica en pareo —¡y nada más!— controlaba el acceso.

Consultando una tablet, nos informó de que todavía quedaban algunos huecos disponibles.

—A ver… solo dos personas sin niños, ¿verdad?

Asentimos.

—¡Estáis de suerte! Se acaba de desocupar un sitio en primera línea.

Pagamos diez euros para reservar la parcela FH25-A. Creíamos que eso era todo, pero nos dijo que antes debíamos descargar una aplicación con la que escanear un código QR al llegar y abandonar nuestro espacio.

Cuando íbamos a entrar, la chica nos preguntó qué llevábamos. Indignado, porque no esperaba encontrar un control de acceso, como el de los aeropuertos, le recité el inventario. Para poder mantener la distancia de seguridad, habían prohibido los equipos deportivos y accesorios recreacionales; además, nuestra sombrilla era muy grande, no cumplía con la medida reglamentaria.

Volví al coche con todos los artículos proscritos, mientras mi mujer adquiría una sombrilla homologada que vendían en la misma caseta de entrada.

A las cuatro y media llegamos, por fin, a nuestro pedacito de playa. Nos instalamos y desnudamos, como era obligatorio.

A las cinco (sin poder jugar al tenis, saltar las olas con el colchón hinchable ni bucear), estaba aburridísimo. Mi mujer, que quería tomar el sol en paz, sugirió que me diera una vuelta. No me pareció mala idea, así que me armé de valor y, con todo aquello colgando, me dispuse a andar por la orilla del mar.

Es curioso cómo el ser humano necesita diferenciarse de sus semejantes, aun estando desnudo. Me sorprendió la cantidad de gente que llevaba piercings en los lugares más insólitos: pezones, ombligos, genitales… incluso en los hoyuelos de la espalda. También me dejaron maravillado los numerosos tatuajes y su riqueza temática; algunas personas parecían auténticos tapices andantes. Incluso la gente menos osada recurría a adornos como pulseras tobilleras, brazaletes o cadenas de cintura. A los nuevos se nos reconocía fácilmente por la pertinaz marca del bañador, que tardaría varios días en difuminarse.

Estaba tan fascinado viendo a los nudistas, que me despisté y, cuando quise volver a nuestro emplazamiento, comprobé que había olvidado el número de la parcela.

Así que caminé de regreso por la orilla del mar, sorprendentemente cómodo a pesar de ir en bolas. La verdad era que el uso de la mascarilla me proporcionaba un nivel de anonimato con el que me sentía como si anduviera con los genitales pixelados.

Pasados unos quince minutos, calculé que ya debería de estar cerca de donde se encontraba mi mujer. No tardaría en encontrarla.

Al llegar me senté, posando mis huevos sobre la arena caliente como empollándolos. Abrí la nevera y cogí una cerveza fresquita.

—¿Y tú decías que no iba a ver nada que no hubiera visto antes? ¡No te imaginas! —le dije entusiasmado.

—¿Quién eres tú y qué coño haces bebiéndote mis cervezas? —escuché gritar.

Dicen que de noche todos los gatos son pardos, pero en una playa nudista, en la que no hay nadie sin gafas oscuras ni mascarilla, todas las rubias sin piercing, sin tatuajes, con el pubis sin depilar y tomando el sol bajo una sombrilla azul y blanca podían ser mi mujer.

Me disculpé y seguí mi camino hasta dar con la esposa correcta. Le conté mi pequeña aventura y propuse que, para evitar confusiones, antes de volver, nos pusiéramos unos piercings genitales a juego, pero optó por comprar dos ridículos sombreros multicolores iguales, que no nos quitaríamos el resto del verano.

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