‘El amor en los tiempos del cólera’, de Gabriel García Márquez

Ernesto Bustos Garrido comenta la genial novela de Gabriel García Márquez El amor en los tiempos del cólera, una de las mejores del siglo XX, de la que podéis leer aquí el inicio.

Tener al lector agarrado por el cuello, en “El amor en los tiempos del cólera” | Por Ernesto Bustos Garrido

Gabriel García Márquez era un hombre muy risueño. Se podría decir que su carácter poseía un afán de fiesta permanente. Sus cercanos lo recuerdan como un ser juguetón. En un momento que le pidieron que describiera su forma de escribir, su estilo, dijo: “Soy uno de aquellos narradores a quien le gusta agarrar del cuello a sus lectores y nos dejarlos respirar”.[i]

Es esto lo que ocurre con la gran mayoría de sus obras, por no decir con todas. El colombiano como buen periodista que era, cuando escribía una noticia ponía mucha atención al “lead”, esa frase inicial del texto que debía atrapar si o si al lector. Cuando comenzó a hacer literatura repitió la receta y este rasgo es distintivo de su estilo.

Dijo en una ocasión: “Si no tienes una buena historia, mejor no escribas, y cuando arranques, las primeras frases son cruciales. Debes encantar al lector de manera tal que no se vaya y que se quede con el libro”.

Esto es lo que encontramos en su novela, la séptima de su gran producción, El amor en los tiempos del cólera. La escribió dos o tres años después de recibir el Nobel, en 1982. Es posible que por esa fecha ya la hubiese empezado.

Para escribirla dicen que se entrevistó con sus padres, en largas jornadas de preguntas y respuestas, cada uno por separado, para construir el argumento. Sus padres Luisa Santiaga Márquez Iguarán y Gabriel Eligio García Martínez, fueron quienes inspirarían –en su adolescencia– los personajes de Fermina Daza y Florentino Ariza.

Más tarde, con la novela ya en las librerias y vendiéndose como pan caliente, confesó: “Cuando me di cuenta de que la novela transcurría en el siglo XIX, tuve la tentación de escribirla como si hubiera sido escrita en el siglo XIX, con las técnicas y estructuras de la novela post romántica, cuyo representante esclarecido es Flaubert. Entonces releí Madame Bovary, que es impresionante, una máquina absolutamente perfecta, sin grietas. Y también La educación sentimental, que me sirvió mucho, pero en sentido negativo. Recordaba que Flaubert no solo contaba allí una historia de amor, sino que hacía una precisa reconstrucción de época. La tenía ambientada en un momento histórico, muy particular de Francia, y me interesaba saber cómo se las había arreglado él para yo hacer lo mismo con mi novela, que ocurre en medio de una situación volcánica como la que se vivía en el Caribe a fines del siglo pasado. Me llevé una sorpresa, porque me di cuenta de que, a diferencia de Madame Bovary, ese libro sí tiene grietas; está desgarrado en el sentido de que por un lado va la historia de amor y por otro toda la documentación de tipo social y político que él introduce. Flaubert no logró amalgamarlo. Lo importante es que me interesaba estudiar la estructura de la novela del siglo XIX para escribir una en el siglo XX con aquella misma linealidad, que es muy eficaz.  


[i] Del artículo “Tener al lector agarrado por el cuello; no dejarlo pestañear”. En El Periodista, diciembre de 1985.

Ernesto Bustos Garrido, periodista formado en la Universidad de Chile, profesor en la misma casa de estudios, Universidad Católica y Universidad Diego Portales, cronista  por 40 años de diarios y comentarista en radio y televisión. Director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. Secretario de prensa de la Presidencia de la República y de la Rectoría de la U. de Chile y gerente de RR.PP. de la Empresa de Ferrocarriles del Estado. Editor/propietario de la Revista Solo Pesca y Cazar y Pescar. Reside en la localidad de Los Vilos, Cuarta Región, Chile y se dedica a escribir. Ha ganado últimamente dos concursos literarios.

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El amor en los tiempos del cólera (Gabriel García Márquez)

Fragmento inicial

1

Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados. El doctor Juvenal Urbino lo percibió desde que entró en la casa todavía en penumbras, adonde había acudido de urgencia a ocuparse de un caso que para él había dejado de ser urgente desde hacía muchos años. El refugiado antillano Jeremiah de Saint–Amour, inválido de guerra, fotógrafo de niños y su adversario de ajedrez más compasivo, se había puesto a salvo de los tormentos de la memoria con un sahumerio de cianuro de oro. Encontró (el Dr. Urbino) el cadáver cubierto con una manta en el catre de campaña donde había dormido siempre, cerca de un taburete con la cubeta que había servido para vaporizar el veneno. En el suelo, amarrado de la pata del catre, estaba el cuerpo tendido de un gran danés negro de pecho nevado, y junto a él estaban las muletas.

El cuarto sofocante y abigarrado que hacía al mismo tiempo de alcoba y laboratorio, empezaba a iluminarse apenas con el resplandor del amanecer en la ventana abierta, pero era luz bastante para reconocer de inmediato la autoridad de la muerte. Las otras ventanas, así como cualquier resquicio de la habitación, estaban amordazadas con trapos o selladas con cartones negros, y eso aumentaba su densidad opresiva. Había un mesón atiborrado de frascos y pomos sin rótulos, y dos cubetas de peltre descascarado bajo un foco ordinario cubierto de papel rojo. La tercera cubeta, la del líquido fijador, era la que estaba junto al cadáver.

Había revistas y periódicos viejos por todas partes, pilas de negativos en placas de vidrio, muebles rotos, pero todo estaba preservado del polvo por una mano diligente. Aunque el aire de la ventana había purificado el ámbito, aún quedaba para quien supiera identificarlo el rescoldo tibio de los amores sin ventura de las almendras amargas. El doctor Juvenal Urbino había pensado más de una vez, sin ánimo premonitorio, que aquel no era un lugar propicio para morir en gracia de Dios. Pero con el tiempo terminó por suponer que su desorden obedecía tal vez a una determinación cifrada de la Divina Providencia.

Un comisario de policía se había adelantado con un estudiante de medicina muy joven que hacía su práctica forense en el dispensario municipal, y eran ellos quienes habían ventilado la habitación y cubierto el cadáver mientras llegaba el doctor Urbino. Ambos lo saludaron con una solemnidad que esa vez tenía más de condolencia que de veneración, pues nadie ignoraba el grado de su amistad con Jeremiah de Saint–Amour. El maestro eminente estrechó la mano de ambos, como lo hacía desde siempre con cada uno de sus alumnos antes de empezar la clase diaria de clínica general, y luego agarró el borde de la manta con las yemas del índice y el pulgar, como si fuera una flor, y descubrió el cadáver palmo a palmo con una parsimonia sacramental. Estaba desnudo por completo, tieso y torcido, con los ojos abiertos y el cuerpo azul, y como cincuenta años más viejo que la noche anterior. Tenía las pupilas diáfanas, la barba y los cabellos amarillentos, y el vientre atravesado por una cicatriz antigua cosida con nudos de enfardelar. Su torso y sus brazos tenían una envergadura de galeote por el trabajo de las muletas, pero sus piernas inermes parecían de huérfano. El doctor Juvenal Urbino lo contempló un instante con el corazón adolorido como muy pocas veces en los largos años de su contienda estéril contra la muerte.

—Pendejo —le dijo.

Ya lo peor había pasado. Volvió a cubrirlo con la manta y recobró su prestancia académica. En el año anterior había celebrado los ochenta con un jubileo oficial de tres días, y en el discurso de agradecimiento se resistió una vez más a la tentación de retirarse. Había dicho: “Ya me sobrará tiempo para descansar cuando me muera pero esta eventualidad no está todavía en mis proyectos”.

Aunque oía cada vez menos con el oído derecho y se apoyaba en un bastón con empuñadura de plata para disimular la incertidumbre de sus pasos, seguía llevando con la compostura de sus años mozos el vestido entero de lino con el chaleco atravesado por la leontina de oro. La barba de Pasteur, color de nácar, y el cabello del mismo color, muy bien aplanchado y con la raya neta en el centro, eran expresiones fieles de su carácter. La erosión de la memoria cada vez más inquietante la compensaba hasta donde le era posible con notas escritas de prisa en papelitos sueltos, que terminaban por confundirse en todos sus bolsillos, al igual que los instrumentos, los frascos de medicinas, y otras tantas cosas revueltas en el maletín atiborrado. No sólo era el médico más antiguo y esclarecido de la ciudad, sino el hombre más atildado. Sin embargo, su sapiencia demasiado ostensible y el modo nada ingenuo de manejar el poder de su nombre le habían valido menos afectos de los que merecía. Las instrucciones al comisario y al practicante fueron precisas y rápidas. No había que hacer autopsia. El olor de la casa bastaba para determinar que la causa de la muerte habían sido las emanaciones del cianuro activado en la cubeta por algún ácido de fotografía, y Jeremiah de Saint–Amour sabía mucho de eso para no hacerlo por accidente.

Ante una reticencia del comisario, lo paró con una estocada típica de su modo de ser: “No se olvide que soy yo el que firma el certificado de defunción”. El médico joven quedó desencantado: nunca había tenido la suerte de estudiar los efectos del cianuro de oro en un cadáver. El doctor Juvenal Urbino se había sorprendido de no haberlo visto en la Escuela de Medicina, pero lo entendió de inmediato por su rubor fácil y su dicción andina: tal vez era un recién llegado a la ciudad. Dijo: “No va a faltarle aquí algún loco de amor que le dé la oportunidad un día de estos”. Y sólo al decirlo cayó en la cuenta de que entre los incontables suicidios que recordaba, aquel era el primero con cianuro que no había sido causado por un infortunio de amores.

Algo cambió entonces en los hábitos de su voz.

—Cuando lo encuentre, fíjese bien — le dijo al practicante— , suelen tener arena en el corazón.

Luego habló con el comisario como lo hubiera hecho con un subalterno. Le ordenó que sortearan todas las instancias para que el entierro se hiciera esa misma tarde y con el mayor sigilo. Dijo: “Yo hablaré después con el alcalde”. Sabía que Jeremiah de Saint–Amour era de una austeridad primitiva, y que ganaba con su arte mucho más de lo que le hacía falta para vivir, de modo que en alguna de las gavetas de la casa debía haber dinero de sobra para los gastos del entierro.

—Pero si no lo encuentran, no importa —dijo— . Yo me hago cargo de todo.

Ordenó decir a los periódicos que el fotógrafo había muerto de muerte natural, aunque pensaba que la noticia no les interesaba de ningún modo. Dijo: “Si es necesario, yo hablaré con el gobernador”.

El comisario, un empleado serio y humilde, sabía que el rigor cívico del maestro exasperaba hasta a sus amigos más próximos, y estaba sorprendido por la facilidad con que saltaba por encima de los trámites legales para apresurar el entierro. A lo único que no accedió fue a hablar con el arzobispo para que Jeremiah de Saint–Amour fuera sepultado en tierra sagrada. El comisario, disgustado con su propia impertinencia, trató de excusarse.

—Tenía entendido que este hombre era un santo — dijo

— Algo todavía más raro — dijo el doctor Urbino— : un santo ateo. Pero esos son asuntos de Dios.

Remotas, al otro lado de la ciudad colonial, se escucharon las campanas de la catedral llamando a la misa mayor. El doctor Urbino se puso los lentes de media luna con montura de oro, y consultó el relojito de la leontina, que era cuadrado y fino, y su tapa se abría con un resorte: estaba a punto de perder la misa de Pentecostés.

En la sala había una enorme cámara fotográfica sobre ruedas como las de los parques públicos, y el telón de un crepúsculo marino pintado con pinturas artesanales, y las paredes estaban tapizadas de retratos de niños en sus fechas memorables: la primera comunión, el disfraz de conejo, el cumpleaños feliz. El doctor Urbino había visto el recubrimiento paulatino de los muros, año tras año, durante las cavilaciones absortas de las tardes de ajedrez, y había pensado muchas veces con un pálpito de desolación que en esa galería de retratos casuales estaba el germen de la ciudad futura, gobernada y pervertida por aquellos niños inciertos, y en la cual no quedarían ya ni las cenizas de su gloria. En el escritorio, junto a un tarro con varias cachimbas de lobo de mar, estaba el tablero de ajedrez con una partida inconclusa. A pesar de su prisa y de su ánimo sombrío, el doctor Urbino no resistió la tentación de estudiarla. Sabía que era la partida de la noche anterior, pues Jeremiah de SaintAmour jugaba todas las tardes de la semana y por lo menos con tres adversarios distintos, pero llegaba siempre hasta el final y guardaba después el tablero y las fichas en su caja, y guardaba la caja en una gaveta del escritorio. Sabía que jugaba con las piezas blancas, y aquella vez era evidente que iba a ser derrotado sin salvación en cuatro jugadas más.

“Si hubiera sido un crimen, aquí habría una buena pista — se dijo— . Sólo conozco un hombre capaz de componer esta emboscada maestra.”

No hubiera podido vivir sin averiguar más tarde por qué aquel soldado indómito, acostumbrado a batirse hasta la última sangre, había dejado sin terminar la guerra final de su vida. A las seis de la mañana, cuando hacía la última ronda, el sereno había visto el letrero clavado en la puerta de la calle: Entre sin tocar y avise a la policía. Poco después acudió el comisario con el practicante, y ambos habían hecho un registro de la casa en busca de alguna evidencia contra el aliento inconfundible de las almendras amargas. Pero en los breves minutos que demoró el análisis de la partida inconclusa, el comisario descubrió entre los papeles del escritorio un sobre dirigido al doctor Juvenal Urbino, y protegido con tantos sellos de lacre que fue necesario despedazarlo para sacar la carta.

El médico apartó la cortina negra de la ventana para tener mejor luz, echó primero una mirada rápida a los once pliegos escritos por ambos lados con una caligrafía servicial, y desde que leyó el primer párrafo comprendió que había perdido la comunión de Pentecostés. Leyó con el aliento agitado, volviendo atrás en varias páginas para retomar el hilo perdido, y cuando terminó parecía regresar de muy lejos y de mucho tiempo. Su abatimiento era visible a pesar del esfuerzo por impedirlo: tenía en los labios la misma coloración azul del cadáver, y no pudo dominar el temblor de los dedos cuando volvió a doblar la carta y se la guardó en el bolsillo del chaleco. Entonces se acordó del comisario y del médico joven, y les sonrió desde las brumas de la pesadumbre.

—Nada de particular —dijo— . Son sus últimas instrucciones

Era una verdad a medias, pero ellos la creyeron completa porque él les ordenó levantar una baldosa suelta del piso y allí encontraron una libreta de cuentas muy usada donde estaban las claves para abrir la caja fuerte. No había tanto dinero como pensaban, pero lo había de sobra para los gastos del entierro y para saldar otros compromisos menores.

El doctor Urbino era entonces consciente de que no alcanzaría a llegar a la catedral antes del Evangelio.

—Es la tercera vez que pierdo la misa del domingo desde que tengo uso de razón — dijo— . Pero Dios entiende.

Así que prefirió demorarse unos minutos más para dejar todos los pormenores resueltos, aunque apenas si podía soportar la ansiedad de compartir con su esposa las confidencias de la carta. Se comprometió a avisar a los numerosos refugiados del Caribe que vivían en la ciudad, por si querían rendir los últimos honores a quien se había comportado como el más respetable de todos, el más activo y radical, aun después de que fue demasiado evidente que había sucumbido a la rémora del desencanto. También avisaría a sus compinches de ajedrez, entre los cuales había desde profesionales insignes hasta menestrales sin nombre, y a otros amigos menos asiduos, pero que tal vez quisieran asistir al entierro. Antes de conocer la carta póstuma había resuelto ser el primero, pero después de leerla no estaba seguro de nada. De todos modos iba a mandar una corona de gardenias, por si acaso Jeremiah de Saint–Amour había tenido un último minuto de arrepentimiento.

El entierro sería a las cinco, que era la hora propicia en los meses de más calor. Si lo necesitaban estaría desde las doce en la casa de campo del doctor Lácides Olivella, su discípulo amado, que aquel día celebraba con un almuerzo de gala las bodas de plata profesionales.

El doctor Juvenal Urbino tenía una rutina fácil de seguir, desde que quedaron atrás los años tormentosos de las primeras armas, y logró una respetabilidad y un prestigio que no tenían igual en la provincia. Se levantaba con los primeros gallos, y a esa hora empezaba a tomar sus medicinas secretas: bromuro de potasio para levantarse el ánimo, salicilatos para los dolores de los huesos en tiempo de lluvia, gotas de cornezuelo de centeno para los vahídos, belladona para el buen dormir. Tomaba algo a cada hora, siempre a escondidas, porque en su larga vida de médico y maestro fue siempre contrario a recetar paliativos para la vejez: le era más fácil soportar los dolores ajenos que los propios. En el bolsillo llevaba siempre una almohadilla de alcanfor que aspiraba a fondo cuando nadie lo estaba viendo, para quitarse el miedo de tantas medicinas revueltas. Permanecía una hora en su estudio, preparando la clase de clínica general que dictó en la Escuela de Medicina todos los días de lunes a sábado, a las ocho en punto, hasta la víspera de su muerte. Era también un lector atento de las novedades literarias que le mandaba por correo su librero de París, o las que le encargaba de Barcelona su librero local, aunque no seguía la literatura de lengua castellana con tanta atención como la francesa. En todo caso, nunca las leía por la mañana, sino después de la siesta durante una hora, y por la noche antes de dormir. Terminado el estudio, hacía quince minutos de ejercicios respiratorios en el baño, frente a la ventana abierta, respirando siempre hacia el lado por donde cantaban los gallos, que era donde estaba el aire nuevo. Luego se bañaba, se arreglaba la barba y se engomaba el bigote en un ámbito saturado de agua de Colonia de la legítima de Farina Gegenüber, y se vestía de lino blanco, con chaleco y sombrero flexible, y botines de cordobán. A los ochenta y un años conservaba los modales fáciles y el espíritu festivo de cuando volvió de París, poco después de la epidemia grande del cólera morbo, y el cabello bien peinado con la raya en el medio seguía siendo igual al de la juventud, salvo por el color metálico.

Desayunaba en familia, pero con un régimen personal: una infusión de flores de ajenjo mayor, para el bienestar del estómago, y una cabeza de ajos cuyos dientes pelaba y se comía uno por uno masticándolos a conciencia con una hogaza de pan, para prevenir los ahogos del corazón. Raras veces no tenía después de la clase un compromiso relacionado con sus iniciativas cívicas, o con sus milicias católicas, o con sus invenciones artísticas y sociales. Almorzaba casi siempre en su casa, hacía una siesta de diez minutos sentado en la terraza del patio, oyendo en sueños las canciones de las sirvientas bajo la fronda de los mangos, oyendo los pregones de la calle, el fragor de aceites y motores de la bahía, cuyos efluvios aleteaban por el ámbito de la casa en las tardes de calor como un ángel condenado a la podredumbre. Luego leía durante una hora los libros recientes, en especial novelas y estudios históricos, y le daba lecciones de francés y de canto al loro doméstico que desde hacía años era una atracción local.

A las cuatro salía a visitar a sus enfermos, después de tomarse un jarro grande de limonada con hielo. A pesar de la edad se resistía a recibir a los pacientes en el consultorio, y seguía atendiéndolos en sus casas, como lo hizo siempre, desde que la ciudad era tan doméstica que podía irse caminando a cualquier parte. Desde que llegó de Europa por primera vez andaba en el landó familiar con dos alazanes dorados, pero cuando éste se hizo inservible lo cambió por una victoria de un solo caballo, y siguió usándola siempre con un cierto desdén por la moda, cuando ya los coches empezaban a desaparecer del mundo y los únicos que quedaban en la ciudad sólo servían para pasear a los turistas y llevar las coronas en los entierros. Aunque se negaba a retirarse, era consciente de que sólo lo llamaban para atender casos perdidos, pero él consideraba que también eso era una forma de especialización. Era capaz de saber lo que tenía un enfermo sólo por su aspecto, y cada vez desconfiaba más de los medicamentos de patente y veía con alarma la vulgarización de la cirugía. Decía: “El bisturí es la prueba mayor del fracaso de la medicina”. Pensaba que con un criterio estricto todo medicamento era veneno, y que el setenta por ciento de los alimentos corrientes apresuraban la muerte. “En todo caso — solía decir en clase—, la poca medicina que se sabe sólo la saben algunos médicos.” De sus entusiasmos juveniles había pasado a una posición que él mismo definía como un humanismo fatalista: “Cada quien es dueño de su propia muerte, y lo único que podemos hacer, llegada la hora, es ayudarlo a morir sin miedo ni dolor”. Pero a pesar de estas ideas extremas, que ya formaban parte del folclor médico local, sus antiguos alumnos seguían consultándolo aun cuando ya eran profesionales establecidos, pues le reconocían eso que entonces se llamaba ojo clínico. De todos modos fue siempre un médico caro y excluyente, y su clientela estuvo concentrada en las casas solariegas del barrio de los Virreyes. Tenía una jornada tan metódica, que su esposa sabía dónde mandarle un recado si surgía algo urgente durante el recorrido de la tarde.

De joven se demoraba en el Café de la Parroquia antes de volver a casa, y así perfeccionó su ajedrez con los cómplices de su suegro y con algunos refugiados del Caribe. Pero desde los albores del nuevo siglo no volvió al Café de la Parroquia y trató de organizar torneos nacionales patrocinados por el Club Social. Fue esa la época en que vino Jeremiah de SaintAmour, ya con sus rodillas muertas y todavía sin el oficio de fotógrafo de niños, y antes de tres meses era conocido de todo el que supiera mover un alfil en un tablero, porque nadie había logrado ganarle una partida. Para el doctor Juvenal Urbino fue un encuentro milagroso, en un momento en que el ajedrez se le había convertido en una pasión indomable y ya no le quedaban muchos adversarios para saciarla

Gracias a él, Jeremiah de Saint–Amour pudo ser lo que fue entre nosotros. El doctor Urbino se convirtió en su protector incondicional, en su fiador de todo, sin tomarse siquiera el trabajo de averiguar quién era, ni qué hacía, ni de qué guerras sin gloria venía en aquel estado de invalidez y desconcierto. Por último le prestó el dinero para instalar el taller de fotógrafo, que Jeremiah de Saint–Amour le pagó con un rigor de cordonero, hasta el último cuartillo, desde que retrató al primer niño asustado por el relámpago de magnesio. Todo fue por el ajedrez. Al principio jugaban a las siete de la noche, después de la cena, con justas ventajas para el médico por la superioridad notable del adversario, pero con menos ventajas cada vez, hasta que estuvieron parejos. Más tarde, cuando don Galileo Daconte abrió el primer patio de cine, Jeremiah de Saint–Amour fue uno de sus clientes más puntuales, y las partidas de ajedrez quedaron reducidas a las noches que sobraban de las películas de estreno. Entonces se había hecho tan amigo del médico, que éste lo acompañaba al cine, pero siempre sin la esposa, en parte porque ella no tenía paciencia para seguir el hilo de los argumentos difíciles, y en parte porque siempre le pareció, por puro olfato, que Jeremiah. de Saint–Amour no era una buena compañía para nadie. Su día diferente era el domingo. Asistía a la misa mayor en la catedral, y luego volvía a casa y permanecía allí descansando y leyendo en la terraza del patio. Pocas veces salía a ver un enfermo en un día de guardar, como no fuera de extrema urgencia, y desde hacía muchos años no aceptaba un compromiso social que no fuera muy obligante.

Aquel día de Pentecostés, por una coincidencia excepcional, habían concurrido dos acontecimientos raros: la muerte de un amigo y las bodas de plata de un discípulo eminente. Sin embargo, en vez de regresar a casa sin rodeos, como lo tenía previsto después de certificar la muerte de Jeremiah de Saint– Amour, se dejó arrastrar por la curiosidad. Tan pronto como subió en el coche hizo un repaso urgente de la carta póstuma, y ordenó al cochero que lo llevara a una dirección difícil en el antiguo barrio de los esclavos. Aquella determinación era tan extraña a sus hábitos, que el cochero quiso asegurarse de que no había algún error. No lo había: la dirección era clara, y quien la había escrito tenía motivos de sobra para conocerla muy bien. El doctor Urbino volvió entonces a la primera hoja, y se sumergió otra vez en aquel manantial de revelaciones indeseables que habrían podido cambiarle la vida, aun a su edad, si hubiera logrado convencerse a sí mismo de que no eran los delirios de un desahuciado. El humor del cielo había empezado a descomponerse desde muy temprano, y estaba nublado y fresco, pero no había riesgos de lluvia antes del mediodía. Tratando de encontrar un camino más corto, el cochero se metió por los vericuetos empedrados de la ciudad colonial, y tuvo que pararse muchas veces para que el caballo no se espantara con el desorden de los colegios y las congregaciones religiosas que regresaban de la liturgia de Pentecostés.

Había guirnaldas de papel en las calles, músicas y flores, y muchachas con sombrillas de colores y volantes de muselina que veían pasar la fiesta desde los balcones. En la Plaza de la Catedral, donde apenas se distinguía la estatua de El Libertador entre las palmeras africanas y las nuevas farolas de globos, había un embotellamiento de automóviles por la salida de misa y no quedaba un lugar disponible en el venerable y ruidoso Café de la Parroquia. El único coche de caballos era el del doctor Urbino, y se distinguía de los muy escasos que iban quedando en la ciudad, porque mantuvo siempre el brillo de la capota de charol y tenía los herrajes de bronce para que no se los comiera el salitre, y las ruedas y las varas pintadas de rojo con ribetes dorados, como en las noches de gala de la ópera de Viena. Además, mientras las familias más remilgadas se conformaban con que sus cocheros tuvieran la camisa limpia, él seguía exigiéndole al suyo la librea de terciopelo mustio y la chistera de domador de circo, que además de ser anacrónicas se tenían como una falta de misericordia en la canícula del Caribe.

A pesar de su amor casi maniático por la ciudad, y de conocerla mejor que nadie, el doctor Juvenal Urbino había tenido muy pocas veces un motivo como el de aquel domingo para aventurarse sin reticencias en el fragor del antiguo barrio de los esclavos. El cochero tuvo que dar muchas vueltas y preguntar varias veces para encontrar la dirección. El doctor Urbino reconoció de cerca la pesadumbre de las ciénagas, su silencio fatídico, sus ventosidades de ahogado que tantas madrugadas de insomnio subían hasta su dormitorio revueltas con la fragancia de los jazmines del patio, y que él sentía pasar como un viento de ayer que nada tenía que ver con su vida. Pero aquella pestilencia tantas veces idealizada por la nostalgia se convirtió en una realidad insoportable cuando el coche empezó a dar saltos por el lodazal de las calles donde los gallinazos se disputaban los desperdicios del matadero arrastrados por el mar de leva.

A diferencia de la ciudad virreinal, cuyas casas eran de mampostería, allí estaban hechas de maderas descoloridas y techos de cinc, y la mayoría se asentaban sobre pilotes para que no se metieran las crecientes de los albañales abiertos heredados de los españoles. Todo tenía un aspecto miserable y desamparado, pero de las cantinas sórdidas salía el trueno de música de la parranda sin Dios ni ley del Pentecostés de los pobres. Cuando por fin encontraron la dirección, el coche iba perseguido por pandillas de niños desnudos que se burlaban de los atavíos teatrales del cochero, y éste tenía que espantarlos con la fusta. El doctor Urbino, preparado para una visita confidencial, comprendió demasiado tarde que no había candidez más peligrosa que la de su edad.

El exterior de la casa sin número no tenía nada que la distinguiera de las menos felices, salvo la ventana con cortinas de encajes y un portón desmontado de alguna iglesia antigua. El cochero hizo sonar la aldaba, y sólo cuando comprobó que era la dirección correcta ayudó al médico a descender del coche. El portón se había abierto sin ruido, y en la penumbra interior estaba una mujer madura, vestida de negro absoluto y con una rosa roja en la oreja. A pesar de sus años, que no eran menos de cuarenta, seguía siendo una mulata altiva, con los ojos dorados y crueles, y el cabello ajustado a la forma del cráneo como un casco de algodón de hierro.

El doctor Urbino no la reconoció, aunque la había visto varias veces entre las nebulosas de las partidas de ajedrez en la oficina del fotógrafo, y en alguna ocasión le había recetado unas papeletas de quinina para las fiebres tercianas. Le tendió la mano, y ella se la tomó entre las suyas, menos para saludarlo que para ayudarlo a entrar. La sala tenía el clima y el murmullo invisible de una floresta, y estaba atiborrada de muebles y objetos primorosos, cada uno en su sitio natural. El doctor Urbino se acordó sin amargura de la botica de un anticuario de París, un lunes de otoño del siglo anterior, en el número 26 de la calle de Montmartre.

La mujer se sentó frente a él y le habló en un castellano difícil.

— Esta es su casa, doctor — dijo— . No lo esperaba tan pronto.

** Texto extraído de la obra publicada por Editorial Debolsillo. Año 2003

Francisco

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